ESPINA, Antonio

Antonio Espina

ANTONIO ESPINA, (1894-1972). por José Esteban

 

          “Tiene Antonio Espina –escribió Gómez de la Serna en la Cripta de Pombo- una sonrisa turbadora, descreída y perorante que atrae. Le esperamos todas las noches de los sábados como a uno de los más puros y entendidos personajes de Pombo, de los que pueden tomar parte en todas las sonrisas, cosa que es más verdadera y difícil que el tomar parte en todas las discusiones”.

Nació en Madrid, en la calle de Lope de Vega, el 29 de octubre de 1894, donde estaba ubicado el estudio de pintor y grabador de su padre, y en ese literario barrio transcurre su infancia. Cursa el bachillerato en el Instituto de San Isidro y se matricula después en la Facultad de Medicina, quizá para seguir una tradición familiar: era la carrera ejercida por su abuelo paterno y por uno de sus tíos, Antonio Espina y Capo, médico prestigioso y autor de unas interesantes memorias. Sin embargo abandonó sus estudios atraído por la literatura y el periodismo, al regresar del servicio militar, que cumplió, como la mayoría de los miembros de su generación, en Marruecos. Etapa que recordará con ironía y vanguardismo en “Xelfa, carne de cera”, narración incluida enPájaro Pinto.

           Colaborador de la revista España, Revista  de Occidente y crítico de arte en La Gaceta Literaria, su firma apareció en periódicos y publicaciones de todo tipo. Ya en 1920, y en la citada España, apareció un artículo “Posiciones en la lucha” (2 de octubre), en el que reflexionaba acerca de la necesidad de que el intelectual se implicara en la lucha por un sociedad más justa. Fue el primer toque de atención a lo que sería su vida futura.

En la década de los veinte, escribió varios artículos contra el dictador y apoyando la postura contestataria de Unamuno, rompió con La Gaceta Literaria, por discrepancias ideológicas con su director, Giménez Caballero, cuya simpatía por el fascismo era cada vez más evidente, y se aproximó a las posiciones humanistas de José Díaz Fernández, expresadas en su libro El nuevo romanticismo.

El mismo día en que caía la dictadura primorriverista, el 30 de enero de 1930, salía a la calle el primer número de una revista, Nueva España, codirigida por Espina, el ya citado Díaz Fernández y Adolfo Salazar. El nombre era todo un homenaje a la vieja revista España, que dirigieron Ortega, Azaña y Araquistain, y donde había publicado nuestro escritor. Se ocupaba de temas culturales y políticos y pretendía cubrir “toda el ala ideológica de la izquierda”,  Muy pronto desaparecería Adolfo Salazar y su puesto sería ocupado por Joaquín Arderíus, novelista y comunista, de significativa trayectoria. La revista demostró simpatías hacía el Partido Republicano Radical Socialista, al menos en la defensa de un régimen de libertades republicano. La publicación moriría pronto, en 1931, pero serviría para el reagrupamiento de los jóvenes intelectuales de izquierda, ante la crisis institucional que se avecinaba.

Al proclamarse la segunda República, Espina abandona El Sol, y se incorpora a las nuevas empresas de Urgoiti: Crisol, primero, y luego Luz, donde ejercería la crítica teatral. Entre tanto sus artículos aparecen en El Liberal de Bilbao.

Ya el 19 de julio de 1934 había escrito en Luz un artículo, “La tragedia nazi”, donde criticaba lúcidamente al régimen de Hitler y reprochaba a las democracias occidentales su pasividad e inhibición, y el 11 de abril de 1935, en El Liberal bilbaíno, “El caso Hitler”. Denunciado por el cónsul alemán, por considerar que se injuriaba a un jefe de Estado, Espina es condenado a un mes y un día de prisión en la cárcel de Larrinaga. La noticia es aireada y criticada por la prensa de izquierdas y son muchas las muestras de apoyo a su autor, sobre todo de los medios periodísticos e intelectuales, y en el mismo periódico aparece un texto pidiendo su libertad, apoyado por Baroja, Bergamín, Juan Ramón Jiménez, Azorín y muchos otros.

Ya libre reinicia sus tareas periodísticas y como crítico teatral de El Sol acude a Barcelona para reseñar el estreno de Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, de Lorca.

Tras la victoria del Frente Popular se decide a entrar en política, cosa que había rechazado en diferentes ocasiones. Azaña le nombra primero gobernador Civil de Ávila, del que pasa a Baleares, pocas semanas antes del 18 de julio de 1936. De este particular modo Espina salvó la vida. Su sustituto en el Gobierno Civil de Ávila fue otro importante escritor, también de Izquierda Republicana, Manuel Ciges Aparicio, que fue fusilado a la entrada de las tropas franquistas en la ciudad amurallada.

En Palma de Mallorca fue Antonio Espina detenido y llevado al Fuerte de San Carlos. A finales de 1936, fue trasladado a Barcelona. Permaneció allí tres días en un barco, esperando ser canjeado por otro preso franquista. Pero la operación no llega a feliz término, y es llevado de nuevo a su prisión mallorquina. Su situación se le hace desesperante y a mediados de 1937 intenta suicidarse, cortándose las venas. Es entonces cuando el juez alega enajenación mental y ordena su ingreso en el Psiquiátrico provincial, donde permanece hasta 1939.

Su incorporación a una sociedad traumatizada y dictatorial, y perteneciendo al bando de los vencidos, no es fácil. Vive momentos de verdadera inestabilidad. Se siente acabado. Su obra verdaderamente vocacional ha concluido en 1936. Ahora, escribe, para subsistir, prólogos y obras de encargo, en las que, sin embargo, brilla su prosa de las grandes ocasiones.

Hacia 1944 se halla en Madrid. Sus amigos están en el exilio. Frecuenta el Instituto Británico, donde su director Walter Starkie, ha creado una especie de oasis liberal en medio de la general intolerancia, y, a partir de 1945, la tertulia de la Revista de Occidente, donde encuentra a viejos amigos como Fernando Vela y Valentín Andrés Álvarez.

En 1946, y después de algunos intentos fallidos, consigue salir clandestinamente de España, ayudado por algunos contrabandistas. En París toma contacto con exiliados españoles, consigue una colaboración en La nouvelle Espagne y comienza a escribir para la prensa mexicana, gracias a la ayuda del que fuera secretario de Azaña, Santos Martínez Saura. Colabora en la prensa mexicana, y así aparece en El Heraldo un famoso artículo sobre Azaña, del que transcribimos este párrafo: “Azaña, conciencia viva y alerta de la dignidad de su país, propulsor en éste de lo más valioso del esfuerzo de la inteligencia y de la cultura: Azaña, parlamentario, orador, polemista, jefe de partido, ministro gobernante, presidente de la República; Azaña, exponente lúcido en el más tenebroso período de la historia nacional, aquellas horas fratricidas en las que entre sangre y lágrimas se forjó el fascismo español y con él, y para largo tiempo, el sistema de la selección a la inversa; Azaña, si grande en el mediodía de su ascensión triunfal más grande aún por su sacrificio en el crepúsculo y término de su vida, en tierra extranjera; Azaña, el máximo representante en nuestro siglo del la insigne estirpe del  liberalismo español: el conde Aranda en el siglo XVIII, Mendizábal en el XIX, Azaña en el XX”.Al fin, reunido con su familia, llega a México a finales de 1948.

A pesar de encontrarse con viejos amigos, la vida del exilio no es fácil y Antonio Espina   convencido que no quería ya tomar otra barricada que la de su Madrid, siente más que nunca el ansia de la patria y emprende un nuevo regreso a España, donde llega a finales de 1953. Trabaja en Madrid para la editorial Aguilar, donde publica una fundamental historia de la prensa, El cuarto poder. Cien años de periodismo español(1960), y escribe en ABC, gracias a su amigo Luis Calvo, con el seudónimo de “Simón de Atocha”. En estas colaboraciones brilla como nunca la prosa incisiva de Espina, rememorando hechos y acontecimientos del pasado. Pero los franquistas no estaban dispuestos a dejarle en paz.

En sus colaboraciones para la prensa, procuraba variar los temas, tratando solo de vez en cuando las cosas públicas. Así, con motivo de un artículo en El Tiempo, de Bogotá, -“La España muda”- le conminó la Dirección General de Prensa para que cesase “en esos artículos que usted publica en América y que presentan una España tan triste”, le dijo el director general. “Pero, ¿usted cree que es alegre?”, le replicó. Entonces, diarios como Madrid y Ya, lo insultaron sin nombrarle, saliendo bravamente en su defensa Bergamín, en El Nacional de Caracas. Nuevos ataques a los dos republicanos y nueva contestación de éstos. Espina con El pudridero de El Escorial, en que arremetía contra Maeztu, y Bergamín con Los traficantes de la Hispanidad. Las amenazas llevaron a Bergamín al exilio de nuevo y Espina permaneció en Madrid, aguantando el chaparrón fascista, siendo despedido de A.B.C.

.           Entre esta fecha, 1963, y 1968, colabora en la Revista de Occidente, en la llamada segunda época, con artículos dedicados a Ramón Gómez de la Serna y a la poesía de Bergamín, su amigo más íntimo en estos solitarios años.                                    

Max Aub, durante su visita a España, se entrevistó con Espina en el café Lyon y se llevó una triste impresión de su soledad y el olvido en que se encontraba un escritor al que califica de “estupendo”.

Hay qué decir que su regreso a Madrid le fue decepcionante. La ciudad se había convertido en una urbe monstruosa, hostil, muy distinta a la de su juventud, donde ya no podía encontrarse a gusto, y más cuando encontraba en la prensa diaria afirmaciones como ésta: “La chusma roja que destruyó casi todas las joyas artísticas del Palacio de Liria, al mismo tiempo que trataban de vender los tesoros del Museo del Prado”.

No obstante, reconocía que “el odio, la repulsa al régimen es enorme y generalizada en toda España. Pero... es por ahora un sentimiento difuso. Esto es lo malo. Esto es lo que me hace por ahora ser pesimista respecto al próximo porvenir”. “Volvía a ser de actualidad aquella “concéntrica” suya de los años veinte en que un alcalde se dirige al gobernador civil de la provincia, diciéndole: “El Sol es perseguido de cerca por el Horizonte. / Envíe V.E. Guardia Civil. / Ya casi no queda tarde”.

De estas fechas es su famoso artículo, Pemán y el Nobel, donde tomaba a chacota la aspiración fraquista de conseguir el codiciado galardón literario para “el petulante señor Pemán”, como le llamaba Ortega.

La vida en su Madrid, siguió siendo adusta para el escritor, que veía como se endurecían las medidas represivas contra los disidentes. Pero hay qué manifestar que Antonio Espina siguió sin aceptar ser elemento pasivo en esa lucha sin cuartel contra el dictador. Su pluma y su vida estuvieron siempre al servicio de la libertad y la democracia, y así, en mayo de 1968, se ve obligado a presentarse ante el triste famoso Tribunal de Orden Público, denunciado por Gregorio Marañón Moya, hijo del famoso doctor, y reconocido franquista. Se le abre sumario por conceptos vertidos en diversos artículos publicados en periódicos hispanoamericanos. No se le procesa, pero el régimen quiere que le sirva de amenaza. Espina piensa que solo quieren asustarle.

Por entonces a parecen sus enfermedades. Primero fue una gripe, que le obligaba a estar en casa. Su tertulia del café Lyon languidecía. Solo quedan media docena de amigos que se reúnen todos los jueves por la tarde. Al Ateneo va casi todos los días, pero es a la Biblioteca, a trabajar,. Cayó en manos de los médicos, sobre todo de su amigo Antolí Candela. Para laRevista de Occidente escribió un artículo sobre Blasco Ibáñez en su centenario y su proceso dormía un profundo sueño.

La leyenda literaria de Espina se basa en los testimonios de sus contemporáneos, dada la escasa importancia de la crítica posterior. Estos contemporáneos definieron a Espina como un nuevo Larra, otros lo compararon a Gómez de la Serna. También, nada menos que Juan Ramón Jiménez, llamó a nuestro autor “el príncipe poético de las tinieblas”.

Es una pena que en estos años, tan grises para Espina, muchos de sus grandes proyectos quedaron en nada. No obstante dejó inéditas unas curiosas memorias, Las tertulias de Madrid,y una antología sobre la elocuencia en España. Ambas obras tienen como origen la pasión que siempre sintió Espina por nuestro siglo XIX.

Ateneísta, como buen republicano, nos dejó algunas lúcidas páginas sobre esta singular institución. Así en Romea o el comediante, historia su nacimiento y recuerda la primera sesión celebrada a la que asistieron “todas las notabilidades sociales, política, literarias y artísticas de Madrid. (...) Se eligió presidente de la Sociedad al Duque de Rivas.

Y en su libro póstumo, Las tertulias de Madrid, nos recordó: “Una institución en la que se proyecta con intensidad el tránsito de un siglo a otro es el Ateneo de Madrid. Como tal institución, tuvo siempre desde su fundación extraordinaria influencia en la vida española, tanto en el aspecto cultural como en el social o político.

“Todavía está por hacer la historia de este centro madrileño, que, por su especial carácter, por la elite intelectual que siempre congregó en su recinto, por su magnífica biblioteca, por el prestigio de su tribuna, era algo que no tenía semejanza en ningún país europeo.

“(...) Los liberales que el día 1 de junio de 1820 fundaban “la docta casa”, ignoraban que con ella construían la más formidable barricada, el baluarte más fuerte con que iba a contar en España la causa de la libertad y del europeísmo a través de la centuria decimonónica y gran parte de la vigésima”.

Siguió con sus colaboraciones en periódicos de Hispanoamérica. En El Nacional publicó interesantes artículos, como “El idioma y el escritor”, “El castillo de Hamlet”, “El abate Marchena”, “Quevedo y Pérez”, “Rembrandt místico” y “Prensa y opinión pública”, entre otros. Se los enviaba al poeta Juan Rejano, que dirigía el suplemento literario del periódico. También en Revista de América, de la capital mexicana, dio a conocer sus puntos de vista políticos.

Siguió vegetando, acudiendo a la su vieja tertulia del café Lyon, en el que se notaban ausencias ya definitivas. Vivía alejado por completo de los medios literarios y artísticos madrileños, desconocido e ignorado de sus paisanos.

Antonio Espina fue, con Ramón Gómez de la Serna, y quizá con Jarnés, el restaurador de la biografía como género literario. Su Luis Candelas, o Romea o el comediante, son buen ejemplo de ello. Biografías desprovistas de toda carga ideológica y sin alardes de erudición y dejando su lugar a las aportaciones literarias.

También al elegir a sus biografiados, Espina se inclina por los heterodoxos, dejando muy clara su opinión sobre unos y sobre otros. De Quevedo y Larra admira lo que de él mismo se ha criticado: la mordacidad. Del primero de éstos, opina que “no ha hay ni ha habido escritor satírico alguno que le haya superado en violencia y saña”.

Poeta, Signario (1923) y El alma de Garibay (1964), crítico, narrador y periodista notable, Antonio Espina poseía (Bergamín dixit), “el arte singular de ser genial y además tener talento”,. Cosa no muy corriente entre nosotros. Juan Ramón Jiménez, en un retrato-caricatura de 1928, lo definió así: “Humor misterioso, desenfadado, agudo, que corre por ciertas venas de la gran hoja de nervios rojos de España, en el que Espina ha sido el segundo, el primer segundo”. Y es cierto que en aquellos dramáticos y lúdicos años veinte, Espina bulló mucho y militó valientemente y en vanguardia en el llamado arte nuevo. Aplaudió así, Félix Vargas ySuperrealismo del viejo Azorín, igual que años antes había criticado al maestro Galdós, llamándole novelista de y para la clase media. Biógrafo de Luis Candelas, Ganivet y tantos otros, probó y demostró más arte de novelista en la biografía que en su narrativa propiamente dicha.

Como narrador publicó Pájaro pinto (1927) y Luna de Copas (1929). En ambas se ensaya un nuevo tipo de novela alegórica, con la que se intentaba incorporar a la narrativa el estilo metafórico predominante en la poesía, la rápida visión del arte nuevo, el cine, y la construcción fragmentaria descubierta por la pintura cubista y futurista.

Excluido caprichosamente (como tantos otros, de la mal llamada generación del 27), sin embargo, su no muy amplia obra poética, mereció el respeto y la admiración de sus coetáneos. Ya desde sus Umbrales (1918), es decir, mucho antes de  penetrar con  Signario (1923) en el difícil rincón de los elegidos, se le quiso arrinconar como poeta”, escribió Domenchina. Y de su prosa, de su libro  Seis vidas españolas, escribió Bergamín; “Está, como tantos suyos, admirablemente escrito, con ese descuida aparente que a nosotros nos parece cuidadoso descuido. Espina ha heredado de los escritores del siglo XIX español la sencillez, la claridad, la naturalidad de una prosa “que habla”; es decir, que fabula o inventa o descubre fabulosamente la realidad que describe”

En esta soledad murió el 15 de febrero de 1972 y fue incinerado en el cementerio Civil de Madrid. La mayoría de la prensa española silencio el hecho. Solamente José Luis Cano enÍnsula y Francisco Ayala en El Uruguayo, recogieron  amistosamente su

desaparición. También Alberti desde Roma le dedicó un sentido poema. Y poco más.

Un poema profético suyo, fechado en 1927, decía así:

Di muerto

                                       ¿por qué estás muerto

                                       si yo lo estoy más

                                       y vivo?

                                       Si más que cuestión de ausencia

                                       la muerte es cuestión de frío.

                                       A tu corazón ceniza

                                       opongo de hielo, el mío

Murió tal y cómo había vivido, republicano y demócrata, fiel a sus viejos amigos

y a sus sueños literarios. A su entierro acudieron Bergamín, Maria Alfaro, Urgoiti, Arturo Soria, Balbontín, Prados Arrarte, Fernando Baeza, y un corto etcétera.

Como tanto republicano español, Antonio Espina murió pobre. Su acerada pluma escribió que “un hombre inteligente no es nunca incondicional de nada ni de nadie”. Sus brillantes ochenta años de dignidad, no podían conseguirle más honras que la de saberse a bien consigo mismo. Practicó un humorismo “misterioso, desenfadado, agudo” (Juan Ramón), pero muy lejos del resentimiento. Más bien desdeñoso, y eso termina pagándose.

“Había muerto – escribió Josefina Carabias- sin que ninguno de los medios de difusión, tan al tanto de los menores detalles cuando se trata de celebridades más frívolas, hubiera dado cuenta de tan gran pérdida. Ni siquiera los suplementos literarios de los rotativos madrileños mencionaron el nombre del hombre que había historiado cien años del periodismo español”.

Quizá por ello sería bueno recordar la interrogación que se hizo Manuel Andujar –otro republicano exiliado- en el momento de su muerte: “¿Cuándo se entenderá que al reivindicar a Antonio Espina – y a los semejantes- intentamos recuperar una comarca de identidad y autenticidad secuestrada?”.

Identidad y autenticidad que no son otras sino la identidad y autenticidad republicanas,