RUIZ PICASSO, Pablo

(En Política, Nº 69. Mayo, 2018). Por José Esteban

[Málaga, 1881-Maugins (Francia), 1973]

La pasión por la segunda República española, de Pablo Ruiz Picasso, llevada siempre en silencio, se manifestó desde el mismo momento en que ésta se vio en peligro. Desde el mismo día del alzamiento militar, el 18 de julio de 1936.

Picasso se solidariza en seguida con la causa republicana. Quiere estar al día; compra diarios de todas las tendencias para no perder detalle de los acontecimientos de España. Y está en contacto con Manuel Ángeles Ortiz, en Madrid, y con sus sobrinos los Vilatoro Ruiz, por cuyo conducto se entera -antes que la prensa- de que los militares han sido derrotados en menos de día y medio en Barcelona. También, éstos, fracasan en Madrid. Son muchos los testimonios que nos hablan de la fiebre con que el pintor malagueño vivió aquellas dramáticas y decisivas jornadas de julio y agosto de 1936 por sus tierras ibéricas, cuando alguien le oyó decir: "¡No sé lo que daría por estar allí, al lado de mi pueblo".

Por estas fechas conoce a Dora Maar, fotógrafa de origen yugoslavo, pero que ha vivido en Buenos Aires y habla español muy bien. Pero sería a su entrañable amigo Ángeles Ortiz al que confía su deseo de "vivir de cerca la gesta heroica del pueblo español", al enterarse de que su amigo se ha integrado en uno de los equipos de pintores, dibujantes y cartelistas que están trabajando para la guerra y en cuyas filas militan los mejores artistas del país.

Como todos los años, Picasso y su familia se han trasladado a la Costa Azul; pero este verano el pintor no hace más que ir y venir a Perpiñán, como si el acercarse a la frontera española -y en verdad así era- le permitiese vibrar más a tono con lo que estaba pasando en tierra española. Más de una vez, Dora Maar pensó "que Picasso no se resistiría dar el salto al otro lado de los Pirineos". Y no digamos los grados a que ascendió la tentación, cuando, a fines de septiembre de 1936, el presidente de la República nombra a Picasso director general del Museo del Prado. Había sido propuesto por el director General de Bellas Artes, el cartelista valenciano Josep Renau.

Una breve entrevista en Perpiñán entre Renau y el pintor, frenó algo el ímpetu de Picasso de asistir cuanto antes a Madrid, a tomar posesión de tan importante e ilusionante cargo. Renau le prometió que trataría, lo más rápidamente posible, de acüvar la organización del citado acto. Y así fue como se fraguó el "misterioso viaje" de Picasso a Valencia.

El viaje a Valencia.

En los primeros días de noviembre, Josep Renau apareció por las Torres de Serranos con un señor vestido con una gabardina, con gafas de sol y tocado con una gorra. Ya habían llegado a Valencia los primeros camiones de Madrid, trasladando las joyas del Prado, de modo que Renau y su misterioso acompañante estuvieron escalando aquellos impresionantes estuches de varias dimensiones, de madera noble y revestidos metálicos durante todo el día. El visitante no cesaba de alabar aquella ingente obra.

Así cuenta el misterioso viaje Mercedes Guillen: "A Picasso fue a recogerlo, a Port-Bou, un coche del Ministerio de Instrucción Pública, el 2 de noviembre de 1936. Al que acompañaba otro coche con la escolta, mandado por un agente amigo mío, Miguel Piqueras. Todas las precauciones eran pocas, porque el asunto de orden público estaba bastante descentralizado..., quiero decir que todavía actuaban algunos grupos de incontrolados... y tratándose de una personalidad como Picasso... no valían bromas.

"Lo alojamos en el Palacio de los Condes de Benicarló, que está a dos pasos de las Torres de Serranos. Fue allí donde el Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Jesús Hernández, le entregó el nombramiento de director del Museo del Prado, y yo -Mercedes Guillen- el carné del partido comunista de España, fechado el 31 de octubre de 1936". Renau recordaba que Picasso le dijo: "Así que con este papel en el bolsillo ya puedo tomar posesión del cargo directamente...". O sea que pensaba trasladarse a Madrid, a su museo. Costó mucho disuadirlo de que corría grandes peligros. Antes de regresar a Francia, Picasso le enseñó unos dibujos que, semanas más tarde, serían el arranque de la serie de grabados. Sueño y mentira de Franco. Las guerras de Picasso, del catalán Pons Prades, nos ofrece la faceta del compromiso del pintor y de su pasión por la República y por los perdedores de la guerra civil de este hombre irrepetible.

Ya en 1937, Picasso conoce a José María Álvarez, Celso Amieva, poeta asturiano y comunista con el que al paso del tiempo correrá alguna aventura más. Se puede afirmar -escribe Mercedes Guillén-que en aquellas fechas y circunstancias fue cuando, discretamente, Picasso abrió una cuenta corriente a beneficio de los republicanos españoles de Francia, que no se secó nunca y a la que tenía acceso Celso Amieva. Nunca cesó la ayuda a las compatriotas transeúntes -indocumentados casi siempre- de Picasso, con la Francia ocupada militar y políticamente por los alemanes.

De Nonell (que cedió su estudio al malagueño en 1904), recordó siempre estas palabras: "Retratando a la gente maltratada, los mendigos, las gitanas, recordamos a nuestra sociedad que no es oro todo lo que reluce"

El pabellón español.

La historia del luego famoso pabellón español fue accidentada.

Después de haber sido admitida su presencia en la Exposición Universal de París, prevista para mediados de 1937, España estuvo a punto de no estar representada. Nos lo cuenta el tan citado Renau:

"Cuando fuimos a pedir explicaciones sobre la adjudicación del terreno para edificar el pabellón, la respuesta no pudo ser más lacónica: "Cómo resulta que hay dos Españas y además están enfrentadas en una guerra...". A esto replicamos: "España sólo hay una que es además la que contrajo el compromiso de asistir a su Exposición hace más de un año. Es decir antes de que se sublevase una parte del ejército apoyado por la Italia fascista y la Alemania nazi".

Tras duro batallar, los tres arquitectos republicanos españoles, J. Ll. Sert, Lacasa y Bonet, consiguieron que les vendiesen un desmonte, al pie de la fantástica Torre del Tercer Reich alemán, con el pabellón del Vaticano en el lado posterior y la prohibición de talar tres árboles que se alzaban sobre el desmonte. Sin duda los franceses pensaban que, ante tantas dificultades y limitaciones, los españoles desistirían.

El once de julio de 1937, un día antes de la inauguración oficial, los trabajadores que habían construido el Pabellón se congregaron en una sencilla ceremonia, para celebrar el éxito. Max Aub pronunció un breve pero emocionante discurso: "Parece casi imposible, en la batalla que estamos librando, que la República española haya sido capaz de construir este edificio. Hay en él, como en todo lo nuestro, algo de milagro. No hablo de la propia construcción, el resultado de nuestros arquitectos Lacasa, Bonet y Sert y vosotros mismos. El hombre ha inventado el trabajo, y éste, a su vez, nos ha configurado. El resto es parálisis, putrefacción y muerte.

"En la entrada, a la derecha, salta a la vista el gran cuadro de Picasso. Se hablará de él durante mucho tiempo. Picasso ha representado aquí la tragedia de Guernica. Es posible que se acuse a este arte de ser demasiado abstracto y difícil para un pabellón como el que nuestro arte trata de ser, ante todo, antes que nada, una manifestación popular... (...) Si el cuadro de Picasso tiene algún defecto es que resalta de manera real, demasiado terriblemente verdadero, atrozmente verdadero"

Febril gestación del Gernika.

En París, el director General de Bellas Artes, Josep Renau y Picasso, cambiaron impresiones sobre lo que el pintor debía aportar al pabe­llón español. Ya hemos hablado del impacto que produjo en Picasso el estallido de la guerra civil. Por Dora Maar sabemos que el pintor creó infinidad de bocetos para el, después, famoso mural, siempre con tono popular y quería que fuese su rotundo NO A LA GUERRA. En estos momentos febriles, se produjo el brutal atentado aéreo contra Gernika, en la tarde del 26 de abril de 1937. Apenas una semana más tarde, el primero de mayo, Picasso traza el primer bosquejo. El en­cargo pasado al pintor le pedía traducir en una imagen el sentido del drama de su patria arrasada por los fascistas, y ese impresionante mu­ral fue la respuesta

La incansable solidaridad picassiana.

En sentido estricto, la protección del pintor se extendía desde el apoyo moral a la ayuda material, tanto en el plano individual como en el colectivo. En 1939, con la llegada de los republicanos españoles a Francia, -algo más de medio millón- su intachable solidaridad siguió vigente. La solidaridad de Picasso hacia sus compatriotas en el interior de España y también en el exterior, continuó hasta la muerte del pintor. Baste como muestra la carta del pintor a su protegido y amigo Manuel Ángeles Ortiz, enviada al campo de concentración de Saint-Cyprien en 1939, anunciándole el envío de unos giros; el óleo "Monumento a los españoles muertos por Francia" (1946) o el cartel para los mineros asturianos a raíz de las huelgas de 1963.

En lo informes de la policía francesa (hechos cuando Picasso solicitó la nacionalidad francesa el 3-4-1940), se recalca que durante la guerra civil española Picasso enviaba cada mes fuertes sumas de dinero a los gubernamentales. Y eso solo fue un anticipo de la incansable ayuda prestada por el pintor más tarde a los republicanos españoles residentes en Francia a partir de 1937.

La petición de la nacionalidad francesa se debió al temor del pintor de que la España franquista se alinease en el campo de las potencia del Eje -Alemania e Italia-, y en cuyo caso hubiera quedado expuesto, como ciudadano de una potencia enemiga de Francia a ser internado en un campo de concentración francés y a la confiscación de sus bie­nes, como le había ocurrido a su amigo y marchante Kahnweiler, como súbdito alemán residente en Francia al estallar la guerra de 1914.

Liberación de París. Agosto 1944.

Dos días antes de la liberación de París, Picasso recibió la visita de André Malraux -ya transformado en el coronel Berger de la Fuerza francesa del Interior- para facilitarle la dirección de un piso franco, pues todo hacía presagiar que los alemanes, antes de abandonar París, ejercieran toda clase de represalias, como el apresamiento de rehenes, entre los cuales Picasso figuraba como valiosa presa.

Terminaba así la segunda guerra mundial. Pero no para nuestro pintor, pues la guerra de España seguía vigente y por tanto la constante e incansable aportación de Picasso hacia la causa republicana española se prolongaría hasta el final de sus días, el ocho de abril de 1973. (Actividades solidarias en pro de la proclamación de nuestra tercera República; Cartel a los mineros asturianos, etc.)