El discurso de las tres P

Artículo de opinión de Fabio Rivas para malagahoy.es

A los dos años del comienzo de la Guerra Civil española, exactamente el 18 de julio de 1938, el presidente de la Segunda República, don Manuel Azaña, pronunciaba un importante discurso con un claro mensaje de reconciliación y de apuesta por el porvenir de nuestra patria; un discurso a la par sensato y apasionado, contra el odio, la ira, el cainismo y la destrucción, que bien merece ser recordado de vez en cuando, y más ahora, cuando -como esas malas yerbas que a veces parecen florecer todas juntas y que son capaces de arruinar las mejores cosechas- las arengas del exdiputado Abascal, las maldades del también exdiputado Ortega Smith, la frívola maledicencia de la flamante presidenta de la Comunidad de Madrid, señora Ayuso, entre otros, nos inundan con su falsedad y difamación, su frivolidad, su ignorancia y sus venenosas gotas de mala leche. Al que le interese -y lo recomiendo con entusiasmo-, puede escuchar el susodicho discurso, conocido como el discurso de las tres P, o de la paz, piedad y perdón, directamente en youtube. Vale la pena. Por lo demás, y en lo que respecta a este importante discurso, sobran todos los comentarios que yo pudiera hacerle. Permítanme tan solo que les transcriba dos fragmentos del mismo: «Y entonces, cuando los españoles puedan emplear en cosa mejor este extraordinario caudal de energía que estaba como amortiguado y que se ha desparramado con motivo de la guerra; cuando puedan emplear en esa obra sus energías juveniles que, por lo visto, son inextinguibles, con la gloria duradera de la paz, sustituirán la gloria siniestra y dolorosa de la guerra. Y entonces se comprobará una vez más lo que nunca debió ser desconocido por los que lo desconocieron: que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo» «Pero es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón». Pues eso: paz, piedad y perdón… y ya de paso, sensatez y un poquito de menos mala leche.

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