MENÉNDEZ LÓPEZ, Arturo

Arturo Menéndez López, un artillero republicano asesinado en homenaje al general Sanjurjo.

Por Isabelo Herreros

Mientras se debate el destino del mausoleo erigido en honor de Francisco Franco en el Valle de Cuelgamuros, siguen en alguna cuneta de Pamplona los restos de otro militar, en este caso leal a la República, Arturo Menéndez López. Este último, capitán de artillería, fue asesinado a comienzos de agosto de 1936, para conmemorar el sexto aniversario del intento golpista de 1932, y así lo anunció desde el micrófono de Radio Sevilla el general borracho Queipo de Llano. Se iniciaba con este cruel crimen una macabra tradición de los cruzados alzados en armas contra la República, la de fusilar republicanos como homenaje a sus “caídos”, y que repetirían a lo largo de los años de “la victoria” en fechas señaladas, como por ejemplo la del 20 de noviembre, en homenaje a su más célebre icono fúnebre: José Antonio Primo de Rivera.

Por razones distintas a su triste final Arturo Menéndez aparece en la mayoría de los libros de historia que abordan el periodo de la Segunda República, por los cargos públicos que ocupó y por su amistad con Manuel Azaña. Capitán de Artillería y piloto, era hermano del comandante y después general republicano Leopoldo Menéndez, y del comandante Emilio Menéndez, que fue Comisario General de Orden Público de Cataluña durante la guerra. Arturo Menéndez estuvo comprometido con los movimientos que se dieron en el seno del Ejército para acabar con la dictadura de Primo de Rivera. Según recoge Azaña en sus memorias fue este militar quien le acompañó el día 14 de abril de 1931 a tomar posesión del Ministerio de la Guerra, en el Palacio de Buenavista de Madrid, una vez proclamada la República. El gobierno provisional de la República, a propuesta del nuevo ministro de la Gobernación, Miguel Maura, lo nombró Jefe Superior  de Policía de  Barcelona, (29 de mayo de 1931) cargo que desempeñó con gran eficacia,  al conseguir acabar con las huelgas generales y con aquel terrorismo ácrata infiltrado con frecuencia por delincuentes comunes al servicio de la patronal,  por lo que se ganó el aprecio de las autoridades de la Generalitat, y también el respeto del anarcosindicalismo, por su prohibición de todo tipo de malos tratos a los detenidos, a veces peligrosos atracadores.

Con fecha 2 de marzo de 1932 fue nombrado Director General de Seguridad por el gobierno republicano, a propuesta de quien entonces era ministro de la Gobernación, Santiago Casares Quiroga. Desempeñaba este puesto cuando se produjo la sublevación conocida como “la Sanjurjada”, el 10 de agosto de 1932,  y que fue desactivada en buena medida por el trabajo de inteligencia previo, así como por la valentía con la que Menéndez hizo frente en Madrid a los conjurados, al mando de los guardias de Asalto. La prensa de la época relató en amplios reportajes la batalla librada en pleno centro de la capital, en la plaza de Cibeles, donde se pudo ver a Arturo Menéndez a pecho descubierto replicando los disparos de los facciosos. El gobierno le distinguió por su actuación con  la Orden de la República.

Con motivo de los Sucesos de Casas Viejas, de febrero de 1933, hubo de dimitir por la enorme presión a la que se vio sometido, incluso fue detenido y encarcelado en una prisión militar a la espera de juicio. Tanto la investigación parlamentaria como la judicial dejaron claro que no fue responsable de los hechos por los que fue procesado, y que lo que hubo fue la deslealtad de algunos oficiales de las fuerzas que ocuparon la población, con el fin de dañar la imagen de la República, y en particular la de Manuel Azaña. Muchos años después, en 1976, el abogado del capitán Rojas, Eduardo Pardo Reina,  contó  al periodista Daniel Sueiro como habían inventado  lo de los “tiros a la barriga”. Una investigación reciente, con documentación de primera mano, ha dejado totalmente aclarado lo que ocurrió aquellos días de febrero de 1933 y la irreprochable conducta de Arturo Menéndez.  Tras su puesta en libertad sería nombrado, el 18 de agosto de 1933, a propuesta del ministro de Hacienda Agustín Viñuales, Delegado Especial del Estado en el Consorcio de la Zona franca de Barcelona, en buena medida por el prestigio de que gozaba entre las autoridades catalanas, y sus buenas relaciones con los dirigentes de ERC, partido que había defendido la inocencia de Arturo Menéndez desde el primer momento. Tras la llegada de Alejandro Lerroux a la presidencia del gobierno presentó su dimisión del cargo, que le sería aceptada con fecha 8 de enero de 1934.

Con motivo de la sublevación de la Generalitat y la insurrección de Asturias de octubre de 1934 fue nuevamente detenido, al igual que Manuel Azaña, con la misma falsa acusación de estar involucrado en la “rebelión”. De igual modo fue puesto en libertad sin cargos poco después, pero quedó en evidencia la animosidad que había contra Arturo Menéndez, tanto por parte del gobierno radical-cedista como de determinados jueces.

Después del triunfo del Frente Popular, con fecha 9 mayo de 1936 fue nombrado Comisario del Estado en la Compañía Nacional de los Ferrocarriles del Oeste. En el momento de producirse las primeras noticias de la sublevación del 18 de julio se encontraba en Barcelona en viaje oficial; de modo inmediato decidió viajar a Madrid, donde estaba su despacho oficial, en el tren expreso Barcelona-Madrid, y que salía de la capital catalana por la noche, acompañándole en el viaje el diputado por Gerona de Esquerra Republicana y subsecretario del ministerio de Trabajo, Joan Casanellas. Es conocido que los dos republicanos fueron detenidos de madrugada en Calatayud, durante la parada del tren en esta estación, pero a partir de aquí existen algunas contradicciones en las distintas versiones que existen sobre este episodio. Se publicó en la prensa republicana tiempo después que unos agentes facciosos habían seguido a Menéndez a bordo del expreso y que al llegar a Calatayud lo hicieron bajar junto a Casanellas, introduciéndoles en un auto que se dirigió a Zaragoza a gran velocidad. Lo cierto es que aún no estaba la ciudad bilbilitana en poder de los sublevados, por lo que es muy posible que la captura del exdirector general de Seguridad estuviese entre las prioridades del “director” del alzamiento, y que no fuese un hecho casual, como consecuencia de la interceptación del tren en Calatayud por parte de los rebeldes. También se ha especulado, por parte de algunos historiadores, con la posibilidad de que el capitán Menéndez, persona de la más absoluta confianza del presidente del Gobierno, Casares Quiroga, portase información relativa a los militares implicados en la conjura.

Una vez en Zaragoza Menéndez fue sometido a brutales torturas, hasta que, a finales del mes de julio, el general Cabanellas ordenó su traslado a Pamplona, al Fuerte de San Cristóbal; también lo fue Joan Casanellas, aunque este no corrió la misma suerte, pues unos meses más tarde sería canjeado por un aristócrata catalán preso en Barcelona. La primera confirmación del asesinato de Arturo Menéndez se recibió en la zona leal a primeros de diciembre de 1936, tras las declaraciones de un afiliado a Izquierda Republicana evadido de Pamplona a territorio republicano. Con fecha 13 de diciembre los diarios publicaron la noticia, citando como fuente el relato realizado por el entonces comandante Emilio Menéndez, del Cuerpo de Seguridad y hermano de la víctima. En un primer momento se publicó que el asesinato había tenido lugar el 10 de agosto de 1936, porque así lo había manifestado el general Queipo de Llano en su charla nocturna de aquel día en Radio Sevilla, al decir que para festejar el tercer aniversario de la intentona golpista conocida como “la Sanjurjada”, los requetés y falangistas de Pamplona habían dado muerte al director General que había acabado con aquella sedición. Meses más tarde se publicaron más informaciones acerca de las torturas y últimos días de vida del infortunado militar, con la precisión de que el asesinato había tenido lugar el día 5 de agosto de 1936, tras ser sacado de la prisión y conducido a una de las zonas habituales de “paseos” en aquellos meses de terror. La noticia causó gran conmoción en la zona republicana, debido a la popularidad de que gozaba el tantas veces heroico capitán, y muy especialmente entre los periodistas socialistas y republicanos, en muchos casos amigos del infortunado militar. Manuel Azaña mostró su desolación ante sus colaboradores al tener la certeza del asesinato de aquel gran republicano, y dejó anotado en sus diarios: “Mi desventurado amigo Arturo Menéndez, que tan inmerecida y cruel muerte, precedida de horribles suplicios, ha encontrado en las garras de los rebeldes…”

El capitán Arturo Menéndez tenía 43 años en el momento de su asesinato, estaba casado y tenía dos hijos menores, Juan y Adela. Su familia, al igual que la de tantos miles de víctimas de la represión franquista, todavía en cunetas o fosas comunes, no ha recibido reparación alguna por parte del Estado, ni siquiera la de su inscripción en el Registro Civil, por lo que tampoco aparece en los listados que el Ayuntamiento de Pamplona ha aportado al Juzgado en la querella criminal que se ha interpuesto para esclarecer la represión franquista en la capital navarra en 1936.

[1] Ramos, Tano. El caso Casas Viejas. Crónica de una insidia (1933-1936). XXIV Premio Comillas. Tusquets Editores. Barcelona 2012.