Manuel Azaña en un mitin en la Plaza de toros de Bilbao

Azaña, el Estado y le neutralidad republicana

Como ponía de manifiesto Gerardo Pisarello recientemente, a algunos sectores de la derecha política y cultural, e incluso del progresismo, les interesa únicamente reivindicar a un Azaña “de todos”, a un patriota español melancólico, recordando, en plena guerra, que “todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo” y pidiendo, al borde de la derrota, “paz, piedad, perdón”, olvidando interesadamente al “ateneísta fogoso, impenitente, al regeneracionista audaz, al erasmista ilustrado, al insobornable hijo de la Revolución francesa que mucho tiene para decirnos, aún hoy, sobre las grandes tareas republicanas de nuestro tiempo”1 .   

Manuel Azaña en un mitin de la Plaza de toros de Bilbao
Manuel Azaña en un mitin de la Plaza de toros de Bilbao

Para desmentir esa visión sesgadamente parcial del azañismo, que incide en el retrato de un político moderado, alejado de los extremos, basta examinar brevemente las raíces y convicciones ideológicas de Azaña porque la templanza en la manifestación de sus posiciones políticas, resumida en la famosa frase puesta en boca de su alter ego Garcés en La Velada en Benicarló: “Pienso en una zona templada del espíritu, en la que no se acomodan la mística ni el fanatismo políticos, de donde está excluida toda aspiración a lo absoluto…”, no puede confundirse con tibieza, ni ocultar la firmeza y continuidad de su republicanismo de izquierdas.

El pensamiento político de Azaña es tributario, en primer lugar, del krausismo2. Esta filosofía está en el fondo de las concepciones de la Institución Libre de Enseñanza y de lo que se desde ella se llamó institucionismo. El influjo de las enseñanzas de Francisco Giner de los Ríos se halla básicamente en dos aspectos de su pensamiento: la exigencia de ética personal y el afán pedagógico. Así se desprende de este fragmento de su Apelación a la República (1924): “La democracia es una operación activa de engrandecimiento y bienestar moral. Debemos considerar a la nación como un gran depósito de energías latentes, de otras posibles, que sólo necesitan una buena explotación, aprovechamiento cabal. Es un deber social que la cultura llegue a todos, que nadie por falta de ocasión, de instrumentos de cultivo, se quede baldío. La democracia que sólo instituye los órganos políticos elementales, como son los comicios, el parlamento, el jurado, no es más que aparente democracia. Si a quien se le da voto no se le da escuela, padece una estafa. La democracia es fundamentalmente un avivador de la cultura”.

En el plano político, el krausismo abogaba por el reformismo en el que Azaña militó hasta 1923, desde el que avanzaría para convocar a todo el pueblo, no sólo a la burguesía, a realizar una obra que implicase la transformación radical del Estado y de la sociedad, materializada en la República.

En esa tarea es imprescindible la conversión del Estado en un Estado educador. Así, en otro pasaje de Apelación a la República, sostiene: “Una transformación del Estado y de la sociedad que valga la pena tiene que realizarse siempre desde el poder, ya que el poder del Estado, si se sabe hacer uso de él con inteligencia puede ser una fuerza creadora y yo más que un Estado fuerte quisiera para mi país un Estado inteligente. Pero ese Estado ha de salir de la voluntad popular organizada en las formas de democracia y debe ser garantía de libertad. A esto se llama República”

Ese Estado ha de ser a su vez una organización racional con potencial transformador en lo social y en lo económico. Azaña se distancia así del Estado abstencionista liberal clásico, haciéndose receptor no solo de la herencia del jacobinismo, sino del solidarismo republicano francés, y del fabianismo británico3, entonces en boga, que coinciden en buscar la justicia social mediante un proceso de reformas encaminadas al reconocimiento de los derechos sociales, y la incorporación de las clases trabajadoras a un orden político y social amparado por ese Estado.

De tal forma que en Azaña está presente el concepto de neutralidad republicana, según el cual un Estado republicano debe intervenir activamente para que la neutralidad sea, en palabras de Antoni Domènech, un hecho y no una superficial consigna de “equidistancia entre los distintos proyectos de buena vida”4. Cuando grandes poderes privados disponen de la capacidad de imponer a gran parte de la ciudadanía su concepción del bien, cuando los mercados, conformados como oligopolios, permiten el secuestro del Estado por parte de los inmensos imperios económicos, la neutralidad republicana significa intervención activa, no tolerancia pasiva y que gane el más fuerte. Esto es, interferencia de la República para limitar la base económica o institucional de personas, empresas o cualquier otra corporación particular, que amenacen con disputar con éxito al Estado su derecho a determinar lo que es de pública utilidad.

La adscripción de Azaña a la concepción de la “neutralidad del Estado”, propia de la tradición republicana democrática y jacobina, se haya expuesta con claridad en las palabras pronunciadas en el importante discurso del 11 de febrero de 1934 en el Coliseo Pardiñas de Madrid: “ (…) alguien ha de haber en la política española que (…) sepa colocarse por encima de los bandos contendientes a título de gobernante de Estado; pero bien entendido (…) no para que el Estado sea como si dijéramos el juez de los divorcios (…) ¡Ah! Ese Estado imparcial, frío, indiferente, regido por una supuesta imparcialidad y austeridad no es el mío (…) sino el otro, el impulsor, el creador, el director, el orientador”

Un Estado que ha de ser además radicalmente democrático, como ya había dicho tajantemente en su Apelación a la República: «La República será democrática o no será» y avanzando más allá en el citado discurso del 11 de febrero de 1934: “ (…) siendo demócratas y organizando el régimen sobre la demiocracia, en los partidos vale más la democracia directa y la comparecencia personal de cada uno delante de sus masas que no el anquilosamiento en organizaciones estatutarias que no sirven sino para una vida parasitaria sobre lo vital de cada partido (…)”

Por tanto, en este ochenta aniversario de su fallecimiento, recordemos y reivindiquemos a Azaña como demócrata radical, a quien le interesa el Estado “soberano y legislador, objetivación de la razón política”, cuyo poder estriba en su capacidad creadora, es decir, en su capacidad para transformar la sociedad.

1 PISARELLO, Gerardo. “El Azaña que regresa, 80 años después”, en CTXT nº 266, Noviembre 2020.

2 NADAL DE UHLER, Mª Ángeles: “El reformista: un radical en Buenavista”, en EGIDO, Ángeles y NÚÑEZ, Mirta (eds.): El republicanismo español. Raíces históricas y perspectivas de futuro, Madrid, Biblioteca Nueva, 2001.

3 En España el fabianismo fue ampliamente acogido por la generación de 1914 e incorporado al manifiesto de la Liga de Educación Política, impulsada por Ortega y Gasset, y cuyo primer firmante fue el propio Azaña.

4 DOMÈNECH, Antoni. “El socialismo y la herencia de la democracia republicana fraternal”, en SIN PERMISO,4 de julio de 2005.

Artículo original de José Miguel Sebastián de la Comisión Ejecutiva Federal de Izquierda Republicana. Publicado en Revista republicana Política nº74

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