Manuel Azaña, animal literario

El que fuera presidente de la República Española compartió tertulias con Valle-Inclán y siempre se sintió un intelectual. Un libro recoge sus mejores críticas y ensayos literarios

Azaña y Valle-Inclán en la tertulia de la Cacharrería del Ateneo (1930) – A. Sánchez Portela

Lo cuenta en un tramo delicioso de uno de sus artículos: «Una noche hallé su puesto vacío en la tertulia, pero las ramas curvas de sus gafas se apoyaban en el cristal de la mesa, como las antenas de un bicho. Don Ramón no andaría lejos. Un poco de ropa, apenas de bulto, tendida en un sofá simulaba la silueta de un hombre. Sí, era Valle-Inclán; su cabeza de león reposaba sobre el brazo del sofá, en un cabo de aquella ropa. Al despertarse, la cabeza se irguió como si ascendiera sola por el aire, llevándose abrochada al pescuezo una chaqueta flácida; hechos los ojos ascua, alzando su mano abierta, exclamó con voz tonante al insertarse en la conversación: ‘‘¡¡Sí!! ¡¡El poeta debe ser un hombre absurdo!!’’. Nunca habrá sido más fiel a sus ideas».

Manuel Azaña (1880-1940), presidente del Consejo de Ministros y de la Segunda República, hombre poliédrico -político, escritor, periodista-, siempre tuvo una faceta más querida que las demás: la de intelectual, crítico literario o, como señala José Esteban en la introducción del libro que nos ocupa, la de «trabajador de la cultura», aunque estos textos están empapados de la voluntad política de cambiar las cosas, de ir contra esa condición tan nuestra de quejarse y no buscar soluciones, de dar por válida la especie noventayochesca de que «el ser español es una excusa de la impotencia».

Prosa exquisita

Portada de “El Arma de la Letras” de José Esteban.

Con El Arma de las Letras, Reino de Cordelia cierra la tetralogía de piezas escogidas de Azaña -los otros volúmenes se ocupan de los escritos sobre la Guerra Civil, el problema español y las gentes de su tiempo- precisamente con una cuidada selección de sus ensayos literarios, adornados con una prosa exquisita, plena de erudición, lecturas, pensamientos e intercambios. Un Azaña presidente del Ateneo de Madrid, que comparte tertulias con Valle-Inclán en la Cacharrería, sala cuyo nombre se debe a la colección de vasos griegos que albergó a mediados del siglo XIX («cacharros», según los ateneístas), aunque también podría referirse al ruido que los contertulios organizaban en sus encendidos debates. Cuenta Francisco Umbral que «todos los camastrones que iban a sentarse al Ateneo tenían auspicios políticos y su sueño era cruzar un día la calle y sentarse en las Cortes». Solo unos pocos lo lograron, como Azaña.

Leyendo estos textos acude a nuestra memoria una reciente función de Azaña, una pasión española, «tour de force» interpretativo de José Luis Gómez en el madrileño Teatro de la Abadía. Las diferentes alocuciones recorren el argumentario de Azaña, su liberalismo de izquierdas, su republicanismo… y la amargura final («lo que he vivido es arañar el polvo de la nada»). Pero es en su defensa templada, en voz baja, de la contemporaneidad de Cervantes cuando el discurso despierta a algunos somnolientos. Más que las soflamas sobre el pueblo español, «que no ha tomado una venta por castillo, como don Quijote, pero que tampoco está dispuesto a que los castillos se conviertan en ventas».

Pero Azaña no reivindica a su paisano alcalaíno como académico post mortem, como arquetipo de nuestro lenguaje, sino como escritor que asimila y elabora la materia española a través de la materia literaria. «El Quijote -afirma en una conferencia pronunciada en mayo de 1930 en el Lyceum Club Femenino- no es el monumento de una civilización abolida, como la Iliada; continuamos la ruta del Quijote, poblamos su tierra, hablamos su lengua y somos coterráneos, vecinos, y tal vez amigos del cura y el barbero, de Carrasco, del duque y de Ginés. Los españoles tenemos la rara fortuna de encontrar, volviendo la vista atrás, esa enorme represa de la vida nacional, formada, como jugando, por el Quijote».

Crítica literaria

Discurre la década de 1920 y vive Azaña en un Madrid donde no sabe a qué carta quedarse en el juego de las valoraciones literarias. «El silencio envuelve por igual a muertos y a vivos, o, peor aún, los envuelve la alabanza pegajosa de los estúpidos. Cualquier pretexto es bueno para eximir a la inteligencia de la penosa y comprometida función de juzgar, penosa porque es esfuerzo, y comprometida porque la opinión propia, si es libre y expresa, puede ahuyentar a una clientela, o enojar al patrón, o frustrar la esperanza de un destino de seis mil reales». El panorama, en algunos casos, no ha cambiado mucho casi un siglo después.

Alaba a Valle-Inclán, de quien dice que es «un anticipo del juicio final para los chirles, los hipócritas, los vividores». Pondera el «sabor carnal» de las palabras de Ramón Pérez de Ayala en su reseña de Belarmino y Apolonio (1921), al tiempo que lamenta que escatime sus novelas («¡Ah! ¡Ese periodismo, ese periodismo literario, por qué ha de absorber a los que valen para cosas mejores!»). En cambio, decide no dejar dormir a los escritores del 98 en sus hornacinas: salva a Miguel de Unamuno y el valor literario de todos, pero no su contemplación de la vida desde el desengaño y el desconsuelo.

“MIGUEL DE CERVANTES. Azaña cree que la vida de un escritor está en sus obras. «De Cervantes, todo lo que se puede y conviene conocer está en el ‘‘Quijote’’. Cuando su lectura no me basta, la completo hablando con las personas que él trató».

GEORGE BORROW. El libro incluye el prólogo que Azaña escribió para «La Biblia en España», narración del periplo que el filólogo y viajero George Borrow (1803-1881), conocido como Don Jorgito el Inglés, hizo por tierras españolas.

RAMÓN PÉREZ DE AYALA. Azaña reseñó varias obras del periodista y escritor asturiano («Belarmino y Apolonio», «Los trabajos de Urbano y Simona»). Años después, Pérez de Ayala culpó de la Guerra Civil a quien fuera presidente de la República.”

Miguel Ángel Barroso. ABC Cultural. 17/04/2018

http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-manuel-azana-animal-literario-201804170135_noticia.html

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