MARTÍNEZ, Régulo

 RÉGULO MARTÍNEZ, ENTRE EL CATOLICÍSMO Y LA REPÚBLICA
Por José Esteban

El nombre de Régulo Martínez [Cazalegas (Toledo) 1895-Madrid, 1986] probablemente es desconocido para una buena parte de nuestra sociedad; sin embargo, su trayectoria y biografía política deberían, no sólo figurar en los libros de historia, sino ser objeto de un homenaje de todos los demócratas sinceros de nuestro país. Una historiografía realizada de modo sectario ha propiciado, que quien fuera nada menos que presidente, en los años cuarenta, de la clandestina Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas, aparezca en los libros que tratan de la oposición al franquismo con una escasa mención de dos renglones.

La personalidad de Régulo Martínez encajaba con lo que era el republicanismo azañista, si bien había rasgos que le hacían un personaje singular. Había nacido en un pueblo toledano próximo a Talavera de la Reina, hijo de un prestigioso médico rural. Estudió en el seminario toledano, se ordenó sacerdote, y ejerció de párroco en la provincia de Guadalajara, pero muy pronto, tras tomar conciencia de la injusta situación social de los campesinos, llegó a chocar con la jerarquía eclesiástica y a colgar los hábitos. Eran los tiempos en que dirigía la Iglesia española el montaraz Cardenal Segura, que, desde el primer momento vio en Régulo Martínez un peligro para sus rebaños de fieles.

Una vez secularizado pasó a residir en Madrid, dedicado a la enseñanza, su profesión hasta la ancianidad, pero pronto se incorporó a las luchas republicanas contra la dictadura, y así, llegó a militar en la Agrupación al servicio de la República, la organización fundada por José Ortega y Gasset. Descontento con el elitismo y la falta de actividad revolucionaria se afilió a Acción Republicana, el partido presidido por Manuel Azaña, germen de lo que sería Izquierda Republicana partir de 1934. Llegó a ser presidente del partido en Madrid, en los difíciles años de la guerra civil, y, lo que es más digno de admiración, lo siguió siendo en la cárcel y en la clandestinidad, con una valentía poco común entonces. Al finalizar la guerra fue encarcelado y condenado a muerte, si bien le fue conmutada la pena, iniciando entonces lo que con humor llamaba “turismo carcelario”, y que le llevaría a conocer un buen número de prisiones a lo largo y ancho de España, como lo fue la de Carmona, donde coincidió con su viejo amigo Julián Besteiro.

Don Régulo, tal y como le llamábamos los que le conocimos, mantuvo viva, durante todo el franquismo, la llama del republicanismo y por ello fue asiduo visitante de cárceles y comisarías, la última vez el día 13 de abril de 1977, cuando se paseaban ya en libertad los dirigentes de la izquierda del consenso. De los difíciles años del franquismo dejó escrito un libro, Republicanos de catacumbas, que sigue siendo fundamental para conocer la actividad clandestina de quienes luchaban contra la tiranía, sin amparo alguno de gobiernos o alianzas internacionales, y que solo contaban con la solidaridad de los compañeros en el exilio.

Otro dato relevante de su biografía fue su actividad como “toledano ejerciente en Madrid”, lo que le llevó a ser uno de los promotores de la Casa de Toledo en la capital de la República, una entidad, fundada en 1931, de la que Régulo Martínez fue Secretario General. Esta asociación, muy reivindicativa de los intereses de la provincia, consiguió, durante los años de su existencia, tener gran protagonismo en el mundo cultural y educativo madrileño, a través de un centro de educación profesional, una gran biblioteca, conferencias, representaciones teatrales y bailes regionales, así como viajes de divulgación histórica y literaria, a Toledo y otras localidades de la provincia. La presencia constante, casi diaria, en la prensa de la época, dan testimonio de la importancia de la singular casa de los toledanos en Madrid. Amigo y correligionario del escritor Félix Urabayen, con quien también coincidió en prisión, fue gran conocedor de la obra del novelista navarro-toledano, y durante muchos años clamó en solitario por rescatar del olvido a su amigo, y por el reconocimiento de la obra del escritor olvidado.

Régulo Martínez no fue escritor, si bien era prolífico en colaboraciones y artículos en publicaciones clandestinas o en las editadas en el exilio. Entre estas últimas cabe citar "Ibérica", dirigida en Nueva York por la dirigente de I.R. Victoria Kent y en la que asiduamente aparecían crónicas desde España, firmadas por Antonio Martínez Sánchez, seudónimo utilizado por nuestro personaje. También era contumaz un cervantista, profundo conocedor de "El Quijote" y de muchos clásicos, y siempre encontraba ocasión para citar de memoria pasajes de la inmortal obra de nuestra literatura. Era Régulo un hombre bueno y austero en el sentido machadiano, que ejercía la docencia más allá de las aulas y fue durante toda su vida un educador de republicanos y de hombres y mujeres libres. La ejemplaridad de su continua entrega y sacrificios constituían una enseñanza para quienes lo trataron. Régulo Martínez fue, durante aquellos años de oprobio, una de las cabezas visibles de una República derrotada y clandestina, pero defendida con valentía y dignidad. La marginación de los republicanos durante los vergonzosos pactos de la transición fue un duro golpe para don Régulo, y para quienes habían defendido la legitimidad republicana, sin otro objetivo que el de restablecer la plena democracia, la del 14 de abril. Fiel a su trayectoria, ni se amilanó ni se doblegó ante aquella indignidad, y, hasta el final no dejó de denunciar el desafuero cometido, y, aún con mayor ahínco defendió, como siempre lo había hecho, la libertad y la justicia, que para él solo eran posibles con la República.