REVAQUE GAREA, Matilde

MATILDE REVAQUE

MATILDE REVAQUE GAREA, una rosa olvidada
Por Isabelo Herreros

Un 13 de agosto de 1940 era fusilada en Madrid, ante las tapias del cementerio del Este (La Almudena), la funcionaria del Ministerio de Justicia Matilde Revaque Garea. Fueron compañeros de infortunio, aquella madrugada, ocho hombres, algunos de ellos policías de la República, algo gravísimo entonces, como también lo era el haber sido oficial de prisiones. Matilde tenía, en el momento de su asesinato legal, 42 años, a solo 4 días de su cumpleaños, y había sido directora de la Prisión Provincial de Mujeres de Valencia, el más alto cargo ocupado por una mujer del cuerpo femenino de prisiones creado por Victoria Kent, una vez que las mujeres pudieron acceder a este colectivo de funcionarios, que hasta entonces no existía y cuya función estaba encomendada por el gobierno de la Monarquía a las monjas de la Orden de la Merced.
Como era habitual, en aquellos simulacros de juicio organizados por el régimen franquista, no fue admitida prueba alguna a la procesada, y todo se basó en unas acusaciones de maltrato, presuntamente infligidas a “damas de España”, encarceladas por su pertenencia un partido que había sido declarado ilegal por la República, la Falange, por su probada actividad criminal. Además, se acusó a Matilde Revaque, también sin aportar prueba alguna ni nombres de víctimas, de haber dado órdenes de asesinar a presas de derechas.
No quedó acreditada participación alguna en los crímenes de los que se acusaba a Matilde, ni la identidad de las presuntas asesinadas, si es que hubo tales crímenes. Todas las denuncias partían, no de familiares de alguna victima de la represión ilegal en el territorio controlado por la República, sino de las “damas de España”, todas vivitas y coleando, sobrevivientes del “terror republicano”, como era el caso de María y de Pilar Millán Astray, hermanas del fundador de la Legión, o de Caridad Valero Julve, esta última alto cargo de la Sección Femenina de la Falange durante muchos años. Por cierto, homenajeada en Castellón en diciembre de 2003 tras su defunción, por haber sido concejala durante el franquismo, con el voto a favor de toda la corporación, incluida la izquierda. Fue esta falangista la única testigo de cargo que compareció en el consejo de guerra, celebrado en Madrid el 15 de marzo de 1940, en el que volvió a descargar todo su odio, y, sin prueba alguna, volvió a acusar a Matilde de participar en las torturas de las checas, así como de ser agente del SIM. Tal y como era previsible Matilde Revaque fue condenada por el delito de “adhesión a la rebelión” a la pena de muerte.

Desde hace tiempo, en el contexto de una investigación más amplia sobre mujeres republicanas, trabajo en la biografía de Matilde, que había sido maestra nacional en Torrelavega, y que se incorporó por vocación a la reforma penitenciaria republicana, desde su condición de funcionaria. Había nacido en el pueblo vallisoletano de Serrada, si bien su familia se asentó pronto en Santander, donde Matilde realizó estudios de Magisterio, al igual que su hermano, Jesús Revaque, que llegaría a ser un relevante pedagogo en los años republicanos y que después, en el exilio mexicano, dirigió muchos años el emblemático Colegio Madrid. Matilde se presentó a las primeras oposiciones para el Cuerpo Femenino de Prisiones, convocadas en 1931 por el Ministerio de Justicia de la República, y superó de modo notable las pruebas, entre otras un ejercicio acerca de la precursora de la dignificación de las prisiones en España, Concepción Arenal. Su nombramiento como funcionaria y primer destino llevan la firma de Victoria Kent, así como el primer ascenso, al ser destinada como “Jefe de la Sección femenina auxiliar del Cuerpo de Prisiones de la Prisión de Mujeres de Barcelona”. Tras hacer valer su profesionalidad y buen hacer sería nombrada “Jefe de servicios de la Prisión de Mujeres de Valencia”, cargo del que tomó posesión el 29 de mayo de 1933. Ya iniciada la guerra sería nombrada Directora de la citada prisión provincial de mujeres.
La primera vez que leí el nombre de Matilde Revaque Garea fue en una entrevista realizada a la profesora Guillermina Medrano, tras regresar de su exilio en EEUU a su Valencia natal. Guillermina, que había sido una mujer precursora en muchas cosas, entre otras en ser la primera mujer concejal del Ayuntamiento de Valencia, hablaba con admiración de Matilde, mujer de vanguardia y cultísima, y que fue presidenta del grupo de Mujeres de Izquierda Republicana. A partir de ahí empecé a recabar datos y papeles, como su expediente judicial, con la intención de dar a conocer la trayectoria de una de las mujeres comprometidas con las reformas de nuestra Segunda República. Después encontré referencias elogiosas hacia Matilde, en testimonios recogidos a varias ex presas que habían compartido infortunio con la ex directora de prisiones, en la prisión madrileña de Ventas.
Se dio la circunstancia de que el final de la guerra civil sorprendió a Matilde en Madrid, destinada en la citada prisión de Ventas, por haber solicitado traslado a comienzos de 1939 para poder cuidar a su tío, el teniente-coronel Andrés Garea, enfermo de gravedad y que fallecería en junio de 1939. Es por ello que fue detenida en propia prisión, el 28 de marzo, por funcionarios y funcionarias de la llamada “quinta columna”. En los citados testimonios, de presas sobrevivientes, se hace hincapié en el papel fundamental que jugó Matilde Revaque, en los primeros meses de posguerra, ya que trató de organizar la higiene, alimentación y limpieza, tras el caos originado por la llegada de varios miles de detenidas, en particular para que la escasa y deficiente comida pudiera llegar a todas, paliar en lo posible el hacinamiento, así como para que las enfermas y embarazadas pudieran recibir alguna atención médica.

Algunas dificultades me han demorado la investigación, aún incompleta, al no poder consultar el expediente personal de funcionaria de la biografiada (en particular a su depuración profesional), secuestrado en el Archivo central del Ministerio del Interior, y al que no me ha sido autorizado acceder, por una decisión de carácter político de ese departamento, el mismo que otorga condecoraciones a imágenes de madera. Invocan, para negar el acceso al expediente de una persona fallecida en 1940, el derecho al honor de toda suerte de militares, policías, falangistas y, por descontado, el de las “damas de España”, las citadas arriba entre otras. La argumentación es de lo más peregrina: el artículo 57.1.c de la Ley del Patrimonio Histórico Español, y que, según una interpretación torticera, prohibiría la consulta sin que medie el consentimiento expreso de los afectados. Es decir, según esta barbaridad, tendría que recabar el permiso de los hijos o nietos de los que acusaron, sentenciaron y ejecutaron a Matilde Revaque, para poder acceder a un expediente profesional de una funcionaria fallecida hace más de setenta años.
Queda en evidencia la conducta de la directora del Archivo, una vez vistos los tachones realizados, sobre los nombres de represores franquistas y denunciantes, en unas fotocopias enviadas. Está claro que el actual gobierno, fiel a los orígenes fascistas de los fundadores del PP, quiere proteger el “honor” de los verdugos y dificulta lo que puede todos los trabajos de investigación que tengan que ver con la memoria republicana. A pesar de las zancadillas continuamos con el trabajo y, sin su permiso, publicaremos todo aquello que creamos conveniente para el conocimiento de la verdad de lo que ocurrió, en este y otros casos de la inmisericorde y cruel represión franquista.

Sirvan estas líneas como modesto homenaje a Matilde Revaque, y también a su compañera del cuerpo de prisiones Isabel Huelgas, fusilada en julio de 1939 por parecidos “delitos”, y de cuya trayectoria también daré cuenta en la futura publicación. Tienen en común muchas cosas estas dos mujeres, entre otras la de haber sido olvidadas, no solo por la amnesia decretada en la transición, sino, y esto también es triste, por quienes, año tras año, se olvidan de ellas al cumplimentar homenaje a otras mujeres que, -y esto no lo ponemos en duda-, merecen que su nombre se perpetúe en la historia.