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Azaña, la memoria socialista y otras desventuras

La gran repercusión pública que ha tenido la decisión del ayuntamiento madrileño de suprimir calles y retirar estatuas de los dirigentes socialistas históricos Francisco Largo Caballero y Indalecio Prieto ha puesto de manifiesto la naturaleza neofranquista de toda la derecha española. Los insultos y criminalización que han hecho de un presidente de gobierno y un ministro, ambos de un gobierno legítimo y democrático, también han situado a esa derecha en un revisionismo histórico vengativo y embustero. El escándalo ha suscitado incluso la contestación académica y política dentro y fuera de nuestras fronteras, así como declaraciones y tomas de posición, inéditas hasta ahora, por parte del equidistante Partido Socialista. Pero, pareciera que el acto salvaje de destrucción del memorial de los fusilados del Cementerio de la Almudena, también por este Ayuntamiento, fuera menos atentado a la democracia, como si hubiera categorías en la memoria. El segundo caso, recién llegado el Sr. Martínez Almeida a la alcaldía, si bien tuvo eco en los medios de comunicación, no sirvió para suscitar el rechazo académico, ni actuaciones políticas y jurídicas conocidas por parte de la izquierda española. Puede que el lector recuerde que, incluso el Comisionado de la Memoria de Manuela Carmena, desaconsejaba la inclusión de todos los nombres de las víctimas, dando por buenos los consejos de guerra que condenaron a muerte a miembros de la policía republicana, acusados de chequistas.

De otra parte, la aparición en los telediarios de las estatuas de los dos eminentes socialistas, con motivo de pintadas franquistas, ha servido para que algunos ciudadanos se pregunten por la estatua o calle dedicada en Madrid a Manuel Azaña, o por las calles de José Giral, científico y presidente de gobierno, Marcelino Domingo, gran ministro de Instrucción Pública de la República o por una calle o plaza que recuerde al régimen del 14 de abril de 1931. Sencillamente, no ha habido voluntad política alguna para recuperar a personalidades de la Segunda República que no fueran miembros del Partido Socialista y menos aún la memoria democrática más noble de nuestra historia. Precisamente, en los años en que se erigieron las estatuas, en los Nuevos Ministerios de Madrid, el Partido Socialista tenía mayoría absoluta en las tres administraciones con sede en la capital, por lo que no hay excusa alguna. Tampoco hay una explicación, y menos aún científica, para el ninguneo por parte de las entidades académicas o las universidades que, en aquellos años, fomentaban investigaciones o tesis, biográficas, sectoriales o locales, del socialismo español, bajo el paraguas de Historia Social, con desprecio del republicanismo y sus líderes. También llama la atención, dentro de esa memoria selectiva, la postergación de dirigentes socialistas como Juan Negrín, que fue precisamente quien encarnó en el Partido Socialista la más racional defensa de la legitimidad republicana. Otra razón, para este “retraimiento”, vergonzante sin duda, pero posible, sería la estrategia posibilista del felipismo, es decir, la de tener la mejor relación con la Corona, tras la conversión a la fe monárquica y no tocar nada de la Historia inmediata que pudiera incomodar al Rey, tampoco a la Iglesia.

No deja de ser paradójico que, mientras que nuestros gobernantes, desde 1977 hacia acá, se declaran admiradores y lectores de Manuel Azaña, la cruda realidad es que el último Jefe de Estado que pudieron elegir los españoles sigue siendo un gran desconocido. Si se ha producido alguna implicación oficial, en la labor de recuperación de tan relevante intelectual y estadista, ha sido a remolque de los acontecimientos, con algunas excepciones, como lo fue la conmemoración de 1990, con Jorge Semprún como ministro de Cultura. Se puede decir que en 1980 se había representado La Velada en Benicarló y que se celebraron unas jornadas, y es cierto, pero no hubo implicación alguna del Estado. No es anecdótico que dos noticias de primera página en los periódicos, una en 1984 y otra en 1996, hayan tenido que ver con la aparición de documentos y escritos de Manuel Azaña robados y secuestrados por el franquismo. Por cierto, entre los documentos de Manuel Azaña secuestrados por la Gestapo y entregados al gobierno del general Franco, y que aparecieron en 1984 en una sede de la policía en Madrid, se encontraba la bandera tricolor del Escuadrón Presidencial, enseña que el titular del Ministerio del Interior, José Barrionuevo, trató de entregar sin éxito a la Jefatura del Estado, según manifestó años más tarde en una entrevista. Ante el desaire llevó la bandera a la Moncloa, y ahí se pierde la pista; actualmente nadie sabe su paradero, si bien se conoce que estaba aún en la presidencia del gobierno en tiempos de José María Aznar. Esa bandera, era de la última unidad militar republicana a la que pasó revista Manuel Azaña, en La Vajol, en su último acto en suelo español, antes de cruzar la frontera. En su larga carta a Ángel Ossorio y Gallardo (La Prasle, Collonges-sous-Salève, 28 de junio de 1939) hace una narración de sus últimos días en España, de su preocupación por la suerte de los refugiados, de salvación de los cuadros del Museo del Prado, y también de las circunstancias dramáticas del citado acto:

La escena, en su sencillez, era desgarradora. Todos (y yo mismo, un poco por sorpresa), nos dimos cuenta de lo que significaba. Me alejé despacio, solo, delante del acompañamiento que me seguía en silencio. La verdad es que yo no podía más. Dos días antes había recogido la bandera del batallón, que ahora, desplegada en una de las paredes de mi cuartito de trabajo, es tema de contemplación, porque me servirá de mortaja.

La amnesia decretada en la transición ha afectado a todo lo que significó la Segunda República, y en particular a quien fue la encarnación misma del régimen del 14 de abril y del proyecto de modernidad que llevaba años diseñando. Es seguro que la acción política del único español a quien le cabía el Estado en la cabeza, según dijera de él Sánchez Román, puede aún hoy ser fuente de enseñanzas y también, por qué no decirlo, de bagaje histórico-político y cultural contra nuestra natural tendencia a la intolerancia, precisamente en momentos que se avecinan complejos, y con muchos interrogantes en lo que hace a nuestra andadura como nación. Las aspiraciones educadoras de la Institución Libre de Enseñanza se vieron reflejadas en la obra del primer bienio republicano, la secularización del Estado, también las aspiraciones de justicia social con la obra legislativa del ministerio de Trabajo de Largo Caballero, así como los cambios realizados en el Ejército, más la reforma territorial del Estado, la ley de reforma agraria, la modernización del país, el voto de las mujeres y una larga lista de reformas. Detrás de todos los proyectos relevantes, también de todo lo que se hizo en la capital del Estado, estaba Manuel Azaña.

Fue en un pequeño pueblo francés, cerca de Toulouse, en tiempos bastión de la contrarreforma, donde tuvo lugar el acto final de una tragedia personal. La antigua patria de la libertad, la igualdad y la fraternidad fue hostil para los republicanos españoles y también para Manuel Azaña. El antiguo traductor de francés, francófilo declarado, estudiante en París varios años, vivió días de angustia y desesperación, perseguido por la Gestapo y la policía española, ante la complicidad del gobierno títere de Vichy.

Aun se conoce poco esta etapa, que va de un día frío y lluvioso, un cinco de febrero de 1939, en que el presidente sale de España, para no regresar nunca, a otro día desapacible de noviembre de 1940. El presidente tuvo tiempo de conocer no sólo de la crueldad de los vencedores para con el pueblo derrotado sino de las detenciones o deportaciones a campos de concentración, en suelo francés, de un buen número de sus más cercanos colaboradores y amigos.

Después vino el silencio, sólo interrumpido por una intermitente pero agresiva campaña oficial de calumnias acerca del ilustre escritor y estadista. Una larga relación de escritores y periodistas al servicio de Franco vapulearon impunemente a quien no podía defenderse. Tampoco era posible la respuesta por parte de los correligionarios del presidente derrotado, encarcelados o en el exilio, otros habían acabado ante los pelotones de fusilamiento.

Puede decirse que fue en 1961, con la publicación en México de Retrato de un desconocido, de Cipriano Rivas Cherif, cuando se produjo el primer intento de recuperar para la memoria la obra política de Manuel Azaña. Después vendría la publicación de las llamadas Obras Completas, entre 1966 y 1968, preparadas por Juan Marichal, si bien, como se ha visto después, faltaban obras literarias, discursos parlamentarios y los llamados «Cuadernos robados». La edición de los cuatro tomos de la editorial Oasis fue posible por el empeño que puso en ello la viuda del presidente, doña Dolores de Rivas, exiliada en México, que tuvo que enfrentarse con la oposición de la familia de Azaña residente en España, cuyos miembros no eran partidarios de la publicación de los textos políticos. Un largo proceso, con los abogados de ambas partes como intermediarios, demoraron casi diez años la edición. En España quedaba aún dictadura y censura para rato, y estas ediciones, realizadas en México, apenas pudieron ser conocidas por unos pocos afortunados. En la comunidad de exiliados había quienes no querían que se publicasen los diarios de Azaña, por sospechar que no saldrían bien parados.

La defunción de Manuel Azaña tuvo lugar el 3 de noviembre de 1940, a las 23:15 horas, en el Hotel du Midi, de Montauban, una localidad de la región del Tarn et Garonne en el suroeste francés, bajo la protección del gobierno mexicano del general Lázaro Cárdenas. Tenía 60 años, pero la salud muy quebrantada, a lo que se sumaba la tragedia familiar por la captura en Pyla sur Mer, el 10 de julio, de su cuñado y amigo, Cipriano Rivas Cherif, junto a sus correligionarios Miguel Salvador, Carlos Montilla y otras personas del sequito presidencial, para ser conducidos a España. Particularmente le afectaba mucho, según ha referido en varias ocasiones su viuda, la situación de los miles de españoles maltratados en campos de concentración franceses. La caza de republicanos españoles en Francia era parte de la política represiva franquista, una vez que el país galo firmó el armisticio con Alemania, precisamente el día 10 de julio, fecha en la que también desaparece la III República. El propio Azaña era un objetivo prioritario del embajador de Franco, José Félix de Lequerica, y de su adjunto para estos menesteres, el siniestro policía Pedro Urraca, autor éste de la detención del presidente de la Generalitat de Catalunya, Luis Companys. Las circunstancias en las que tuvo lugar acto final de la tragedia que rodeó al presidente de la República Española han sido objeto, a lo largo de los años, de manipulaciones y fantasías que, al menos las más palmarias, conviene poner en su lugar.

‘Conversiones’ forzadas

Una de las bazas propagandísticas del nacionalcatolicismo era la conversión a la “fe verdadera” de los vencidos de la llamada Guerra Civil. Las imágenes de los patios de las cárceles, con presos políticos escuchando misa, se repetían, también la prensa se hacía eco de la confesión de tal o cual político antes de su fusilamiento, o defunción por enfermedad en prisión, como fue el muy utilizado caso del escritor erótico Antonio de Hoyos y Vinent. La Iglesia católica traspasó los límites de la crueldad, al exigir a los condenados a muerte, en vísperas de su ejecución, la conversión al catolicismo y confesión si querían que las cartas de despedida a sus familiares llegasen a su destino.

Azaña no se libró de la propaganda del nuevo Estado, con falsedad y manipulación de los hechos, con la colaboración de la Iglesia católica francesa, confesión muy minoritaria por cierto en la región del Tarn et Garonne. A partir de una declaración, años después de la muerte de Azaña, del obispo de la diócesis, monseñor Pierre Marie Théas, más otra declaración del periodista y diputado republicano Ricardo Gasset, también exiliado en Montauban, se estableció como verdad indiscutible que Manuel Azaña había confesado y que recibió los sacramentos poco antes de morir. No bastó con que testigos directos desmintieran la patraña. Nos pasamos años entretenidos con esta historieta que, en caso de ser cierta, no desvirtuaría un ápice la trayectoria política de Manuel Azaña. No fue hasta que, de manera rotunda, en 1985, en una entrevista realizada a doña Dolores Rivas en México por TVE, negó con firmeza que Azaña hubiera confesado, y añadió que la presencia del obispo en el Hotel du Midi obedecía a las gestiones desesperadas que ella misma estaba haciendo para conseguir salvar la vida de su hermano, en peligro de fusilamiento en España. Se trataba, para del régimen franquista, de poner en evidencia al político que había secularizado España y acabado, al menos mientras duró la República, con el poder de la Iglesia Católica, en particular en el ámbito educativo.

Otros asuntos menores hay, relacionados con Manuel Azaña, que también nos distraen, como antaño la pretendida confesión, y todo por la falta de rigor de unos y por el afán de notoriedad de otros. Uno de ellos es la pretensión, en México y en España, de convertir a un diplomático, el embajador mexicano ante la Francia de Vichy, el entonces muy joven licenciado Luis I. Rodríguez, en una suerte de santo laico de los exiliados españoles. Este funcionario era un gran admirador del mariscal Petain, hasta el punto de situar como “prólogo” de un libro suyo una carta del Jefe de Estado colaboracionista del régimen nazi, volumen que es una crónica de los días de la ocupación alemana, Ballet de sangre. La caída de Francia, editado en México en 1942.

Pero no es en este libro, quizás por temor a desmentidos de protagonistas de los hechos, donde tergiversa todo lo acontecido en Montauban en octubre y noviembre de 1940, si no en otro, Misión de Luis I. Rodríguez en Francia, pretendidamente de documentos, y no publicado hasta el año 2000, es decir, muchos años después de la defunción de este antiguo dirigente del PRI, acaecida en 1973. Fue a partir de ese año 2000 cuando empieza la construcción del mito, dejando en el olvido a diplomáticos mejicanos que dieron lo mejor de sí por la causa de la República Española, como fue el caso de Isidro Fabela, representante de México ante la Sociedad de Naciones y que fue la voz que denunció en los foros internacionales la tropelía que se cometía con España, así como el primero que propuso la acogida de refugiados españoles en México, por haber conocido desde el principio la dimensión de la tragedia de los campos de concentración y los peligros del nazismo. La humanidad de este gran hombre le llevó a acoger en su casa a niños españoles abandonados, que habían perdido a sus familiares en los últimos bombardeos franquistas, cerca de la frontera, y que deambulaban por las carreteras, hambrientos y sin norte alguno. Otro mejicano digno, también olvidado, es el capitán Antonio Haro Oliva, agregado militar de la Embajada mexicana, y que protegió a Manuel Azaña de los intentos de secuestro franquistas. Parecidos elogios deben hacerse del Cónsul General de México en Francia, Gilberto Bosques. Es seguro, y no lo pongo en duda, que el joven diplomático, por ese mandato que tenía del general Cárdenas, trabajó mucho en pro de los refugiados españoles, incluso es posible que salvase a muchos de la deportación, y que gracias a él otros pudieran salir de Francia. No se discute eso, pero sí hay que pedir rigor y documentos, y dejar para la ficción las fantasías o las construcciones de relatos realizadas muchos años después de los hechos.

No se trata de rebatir un libro donde se dice que reproducen documentos, aunque estos no se ven, si no de contrastar con otros documentos que sí que existen en España y que pueden ser consultados, como lo son las cartas del médico de Manuel Azaña, el doctor Felipe Gómez-Pallete Mezquita, dirigidas al secretario del presidente, Santos Martínez, por entonces refugiado en México. Gómez-Pallete era neumólogo, antiguo médico de los hijos de Cipriano Rivas Cherif, republicano y durante la guerra había ocupado responsabilidades importantes en la Sanidad republicana, en el Cuerpo de Carabineros, del que llegó a ser teniente-coronel. Lo había sacado de un campo de internamiento, por petición de Manuel Azaña, el hispanista y amigo de la República Jean Camp, traductor de La Velada en Benicarló. Cuidó la salud del presidente durante la estancia en Pyla-sur-Mer y viajó, junto a Dolores de Rivas, en la ambulancia que condujo al expresidente, desde la citada localidad francesa hasta Montauban, ya muy enfermo. Tanto en el primer domicilio, en aquel postrer recodo del camino, como en el Hotel du Midi, Gómez-Pallete no fue solo un médico entregado a su trabajo si no que fue la persona que realizó todo tipo de gestiones y que, hasta la llegada del general Hernández Saravia, a finales de septiembre, se ocupaba de mantener informados a los amigos exiliados en México, así como urgir de estos gestiones ante el presidente Cárdenas, para que llamase la atención a su representante en Francia, que parecía no ser consciente de la grave situación que atravesaba el enfermo expresidente y quienes le acompañaban, con policías españoles merodeando el hotel y con oficiales de la Gestapo instalados en el mismo edificio. Dentro de los voluntarios que hacían lo que podían, en una suerte de escolta desarmada, se encontraban dos militares republicanos, el general José Riquelme y el coronel Arturo Mena.

Pero vamos a los documentos, vale decir las cartas que, a máquina o manuscritas, dirigía el infortunado médico a sus amigos en México. Hay que señalar también que era deseo de Manuel Azaña, si mejoraba algo, viajar a México, donde su secretario se había establecido muy bien como empresario cinematográfico, y soñaban los dos, con la posibilidad de que el expresidente pasase a ser asesor cultural de la empresa. En casi todas las cartas hay un añadido a mano de Dolores de Rivas. En esta correspondencia nos encontramos con expresiones y palabras de la ciencia médica, y que Gómez-Pallete solo escribe a este corresponsal, antiguo estudiante de medicina, en la seguridad de que van a ser entendidas.

En la primera conservada, de fecha 18 de julio de 1940, aparece la amarga noticia de la detención de Cipriano de Rivas, Miguel Salvador, Carlos Montilla, así como toda la familia, incluidos niños, y otras personas al servicio del expresidente, por lo que:

“El suceso ocurrido es de tal naturaleza que se hace temer por la seguridad del propio Presidente. Es verdad que estamos en zona no ocupada, pero yo no considero un disparate la posibilidad de una incursión de la Gestapo o la concesión de una extradición”. Más adelante pide a los amigos, en nombre de Manuel Azaña, que visiten al presidente Cárdenas a fin de:

“Interesar de él que se ocupe de este asunto. Tal vez él, bien directamente bien por medio de su representante en Washington, pueda obtener del Presidente Roosevelt una intervención cerca de las autoridades alemanas de ocupación que diera resultado satisfactorio. Al propio tiempo, tanto Roosevelt como Cárdenas podrían dar instrucciones concretas a sus representantes en Francia respecto a la seguridad personal del Presidente y de su señora. Aparte de esto, pueden pedir la liberación de las mujeres y los niños, presos en la villa de Pyla, y la autorización para que puedan venir a la zona no ocupada a reunirse con nosotros” (Archivo de la Asociación Manuel Azaña)

Por entonces el embajador Rodríguez solo había hecho una visita protocolaria, aunque en su primer libro da mucha importancia a la misma: Sigue Gómez Pallete:

Hasta ahora el ministro de México no ha hecho más que “flotar”. Vino aquí, dio muy buenas palabras, prometió volver a las 72 horas, y llevamos más de diez días sin noticias suyas y sin saber donde anda; tampoco ha contestado a ninguno de los telegramas que se le han puesto”.

En otra carta, esta del 26 de agosto, donde comenta las caídas y recaídas del enfermo, habla de una carta que ha escrito el propio Azaña al presidente Cárdenas:

“Hace diez días escribió al superior de D. Isidro diciéndole la situación en que estamos y pidiéndole haga cuanto este en su mano; de una manera cortés pero clara le decía que su corresponsal aquí no se distingue ciertamente por su celo o interés; por lo menos, esa es nuestra opinión. Esta es la hora, amigo Santos, en que aún no tenemos en nuestro poder los visados ¿que le parece? Comprenderá usted que así no vamos a ningún sitio, como no sea a hace compañía al padre de Susana ( Se refiere a Cipriano de Rivas) el día menos pensado. Insisto en que hace falta una auténtica garantía hasta que podamos coger un barco, cosa que, por ahora no parece fácil”.

En otra carta, esta de 31 de agosto, comenta nuestro médico los problemas cotidianos y de una ligera mejoría del enfermo, pero vuelve a quejarse del embajador de México, en términos muy amargos:

Yo no sé si es desidia o mala fe -o ambas cosas juntas- pero lo cierto es que tropezamos con demasiadas resistencias pasivas. Entre las gentes que de una manera descarada mantienen esta actitud se encuentra el colega del licenciado Isidro. La conducta de este Sr. es la de un perfecto mamarracho. A mi me llaman suspicaz porque afirmo que no solo un títere sino que, además obra con notoria mala fe y desidia.

En las siguientes cartas, dará cuenta Gómez-Pallete del cambio de domicilio, en septiembre, al Hotel du Midi, y de que el licenciado Rodríguez ha aparecido con otra actitud, seguramente tras haber sido llamado la atención desde México, si bien ya no eran necesarias gestiones ante las autoridades, pues la salud del enfermo empeoraba y ya solo restaba esperar el fatal desenlace. En la última carta de septiembre da cuenta de la llegada del general Hernández Saravia, y de lo que se ha alegrado el presidente al tenerle a su lado de nuevo.

La enfermedad de Manuel Azaña seguía inexorable su curso, y nada se podía hacer, pero fuera de las paredes del hotel aún se mantenía la conspiración para detener al presidente y conducirlo a Madrid, con la presencia intermitente del policía Urraca y de cómplices de la extrema derecha francesa, incluso con dos policías españoles alojados en el propio hotel. También se mantiene el acoso clerical, y que alcanza al propio médico del presidente, al que, a través de una monja de origen español, Soeur Ignace, muy amiga del Obispo, le hacen llegar “mensajes” de su familia en España, que condenan que esté “al servicio del responsable de todos los crímenes cometidos durante la guerra”. Su estado de ánimo se viene del todo abajo en los primeros días de octubre, no solo por la situación de su amigo Manuel Azaña, si no por una defección amorosa, cuestión esta última que aparece en el atestado de la policía francesa cuando, el 15 de octubre de 1940, en su habitación del Hotel, su cuerpo es encontrado sin vida por el asistente del presidente, Antonio Lot, tras no haber acudido a almorzar. Dice así el primer informe del comisario:

De notre enquête et des constatatións médico legales -practiqués par le docteur Paisseran, il resulte qu´on se trouve en présence d´un suicide, et que toute idée un presompion de crime doit être écartée. En effet cet étranger s´est donné la mort au moyen d´une injection d´un produit toxique.

La prensa francesa, de manera muy discreta, también se hizo eco del suicidio del médico español, atribuyéndolo a causas domésticas.

En ninguna comunicación de la policía francesa se menciona que el desafortunado amigo del presidente haya dejado una carta al embajador de Méjico, tal y como aparece en el tan citado libro del licenciado Rodríguez; por otra parte, hay cosas que no cuadran; la primera es que no es creíble, tras lo leído, que Gómez-Pallete haga destinatario a este diplomático de una nota justificando su suicidio, y de otra el lenguaje, plagado de mejicanismos, más la firma: Pallete, cuando el médico firmaba siempre Felipe Gómez-Pallete. De igual modo, tampoco es creíble que se suicide para no inyectar, o aplicar la eutanasia a don Manuel; es un poco rebuscado, y ningún testigo lo ha avalado, y tampoco parece que una muerte, la previsible de Azaña, pueda afectar a alguien que por su profesión está familiarizado con “la parca”.

Para finalizar, el entierro y toda la leyenda construida con el episodio de la bandera mejicana, también a partir del libro al que nos referimos. En abril de 1980 realicé un viaje a Montauban, con motivo de un homenaje que se tributaba a Manuel Azaña, al cumplirse cien años de su nacimiento. Por entonces quedaban centenares de españoles, residentes en Montauban o en Toulouse, que habían asistido al entierro del presidente y que mantenían la memoria nítida de como habían ocurrido las cosas. Recuerdo que el acto del cementerio, el de 1980, fue de gran solemnidad, con asistencia de autoridades locales, regionales, y también con presencia del gobierno francés. La embajada mejicana en París envió también una digna representación. Aproveché para realizar una entrevista a un exiliado republicano español, Jean Gregory de Valdés, portador una bandera oficial republicana, que presidió el acto, con quien después mantuve una amistad muy cercana hasta su defunción hace ya unos años. Ni en la entrevista, ni en conversaciones que mantuve con Gregory y otras personas, también en años siguientes, aparecía por ninguna parte el episodio de la conversación del embajador de Méjico con las autoridades francesas afectas al gobierno de Vichy. Según Rodríguez, él mismo reprochó a los policías franceses la prohibición de la bandera republicana, y ofreció la de Méjico para cubrir el féretro, hecho que nadie en Montauban recuerda. De igual modo, y para deshacer otra de las mentiras clericales, según la cual el cadáver de Azaña tenía el rosario entre las manos, traje a España y se publicó por primera vez, una fotografía, realmente impresionante, del presidente difunto.

Según la versión de Gregory de Valdés el féretro se cubrió con la tricolor francesa, y la republicana española estuvo presente a través de cientos de pequeños ramos de flores portados por españoles. Según el informe de Le Commissaire Spécial de Montauban el entierro de “Monsieur Azana, ancien Président de la République” discurrió sin incidentes, con asistencia alrededor de 2000 personas, la mayoría refugiados españoles, se portaron una docena de coronas de flores, sufragadas algunas por autoridades mexicanas presentes en las exequias. Se hace constar que “sans insignes, ni drapeaux”, es decir sin banderas, tampoco la mejicana, que, de haber estado presente, se habría hecho constar, al tiempo que la protesta del embajador mexicano; también se señala en el informe que Madame Azana, conforme a los usos de España, no asistió al entierro. Si que es cierto que la bandera mexicana se había colocado en la parte del hotel que ocupaban Manuel Azaña y personas que le acompañaban. Esa protección de México es cierta, y ha pasado a la historia como una de las páginas más nobles escritas en la historia de la humanidad, y es por lo mismo que los miles de republicanos que se exiliaron en México siempre agradecieron, y agradecen esa solidaridad, traducida después en hospitalidad.

Estamos ya en el inicio de la conmemoración oficial y solemne del 80 aniversario de la muerte de Manuel Azaña, con actividades de gran calado, a pesar de la pandemia, con una gran exposición en la Biblioteca Nacional y con la voluntad decidida de un gobierno que quiere recuperar la figura de Manuel Azaña con todos los honores. Esperemos en el futuro inmediato no tener que seguir con estas polémicas, que, sobre todo, nos apartan de lo importante, en este caso el estudio, con la mirada de 2020, del pensamiento y acción política del más relevante orador y estadista del siglo XX español, además de lúcido intelectual. Quiso modernizar y transformar nuestro país, con razones y con votos, con un programa de justicia social, secularización, organización nueva del Estado y también quiso acabar con la constante tentación de los españoles a la violencia. Había mucho de generoso en aquel gran cervantista y escritor, también en quienes le acompañaron en la tarea de las Cortes Constituyentes, y es por lo que parece pertinente acabar con una frase, pronunciada por Garcés, uno de los personajes de La Velada en Benicarló , trasunto del propio Azaña:

Pienso en la zona templada del espíritu, donde no se aclimatan la mística ni el fanatismo político, de donde está excluida toda aspiración a lo absoluto. En esta zona, donde la razón y la experiencia incuban la sabiduría, había yo asentado para mí la República.

Artículo original Isabelo Herreros https://www.infolibre.es/

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