Nueva publicación, recomendada, sobre la Segunda República.

Por Alejandro Civantos Urrutia.

Ángel Luis López Villaverde, Decano de la Facultad de Ciencias de la Información de la UCLM e historiador.

En la amplia bibliografía republicana, con demasiada frecuencia oscilante entre el simplismo, el cliché y el más vergonzante revisionismo amarillista, el presente libro está llamado a ocupar un lugar importante por su audacia. Al renunciar a convertirse, por un lado, en otra crónica política más sobre la Segunda República para afrontar con valentía en lugar de eso algunos de los debates pendientes, olvidados o, cuanto menos, regateados del periodo. Y, por otra parte, por ejercer sin complejos un papel militante en la reivindicación del análisis histórico republicano en sí mismo y no, como tantas veces se ha hecho en la historiografía sobre este país, presentando a la Segunda República en una dupla inevitable con la Guerra Civil, lo cual la degrada como objeto de análisis y como experiencia histórica.

De manera que la primera parte, «Las preguntas básicas», viene a convertirse en una suerte de ajustada síntesis de la historia política de la Segunda República (capítulo primero), de sus protagonistas más notables (capítulo tercero) y de la evolución de la cultura desde la caída de la monarquía hasta el golpe militar (capítulo cuarto), sin demasiadas sorpresas ni golpes de efecto pero muy ágilmente escrita, y con un muy de agradecer capítulo sobre «cómo nos la han contado» (el segundo) que tiene la virtud de ser un compendio sobre la historiografía republicana ciertamente memorioso y no olvidadizo o sesgado, como suele ser práctica común en un periodo tan fácilmente aclimatable a los prejuicios del presente.

No obstante, el mayor mérito del libro de Ángel Luis López Villaverde (Universidad de Castilla la Mancha), se aloja en la ambición y el eclecticismo de su parte segunda, «La República desde arriba y desde abajo», que viene a ejercer el papel de núcleo de condensación para muchas cuestiones de la historia social del periodo a menudo preteridas o soslayadas por los discursos más mediáticos, o el relato del simple acontecer político sin acometer las repercusiones del mismo sobre la masa social. Con capítulos dispuestos para poder ser leídos separadamente sobre las relaciones de poder (el cinco), las reformas emprendidas (capítulo seis), la conflictividad social (el siete), o las causas del supuesto fracaso republicano (el ocho) es, de hecho, en una lectura transversal donde las propuestas más notables de López Villaverde cobran todo su sentido. El libro se completa con una nutrida bibliografía y con una muy útil cronología que detalla minuciosamente el día a día de la experiencia republicana en el parlamento y en la calle.

Uno de los primeros debates que suscita con acierto este volumen es el referido a la mecanicista vinculación en el imaginario colectivo de la Segunda República con la izquierda y aún con la revolución, algo que López Villaverde pone en duda y que no es más que el resultado de quererla ver, una vez más, a la luz de la Guerra Civil y no aisladamente. Las derechas estuvieron en realidad siempre muy bien representadas en los parlamentos republicanos, con responsabilidades de gobierno incluso, y
plantearon y pusieron en práctica, dentro de la legislación, numerosas reformas y aún «contrarreformas». En verdad, la República fue atacada a derecha e izquierda y siempre, hasta donde pudo, supo defenderse con mecanismos democráticos, de manera que es posible, y ese es otro debate que este libro alienta con lucidez, que lo verdaderamente revolucionario fuera la propia democracia que la Segunda República encarnaba, toda vez que los nuevos usos políticos que trajo consigo: elecciones
limpias, responsabilidad parlamentaria, nueva representatividad, sufragio ampliado, coaliciones, pactos, proyectos de ley sobre coberturas sociales, relaciones laborales, competencias territoriales, funciones del ejército, confesionalidad, etc., llegaban a un país cuasi feudal, con unas muy avejentadas estructuras políticas, y acostumbrado ya al pucherazo y al señoritismo.

En relación con lo anterior estaría el muy perdurable mito de «las dos Españas», que López Villaverde

Portada

también cuestiona, toda vez que los bloques electorales fueron siempre bastante heterogéneos y el centro parlamentario muy relevante y, sobre todo, porque esa mitología, que se consolida con el sospechoso aroma del a posteriori, no hace para nada justicia a la realidad de la experiencia republicana y,
además, conecta con otro frecuentado lugar común, el del «alzamiento nacional» contra las «revolucionarias hordas rojas» cuando, en realidad, si hubo alguna revolución esta fue paradójicamente impulsada por aquellos que decían haberla venido a combatir.

Otra cuestión de debate que merecería renovado interés y este libro subraya es el análisis del calado y profundidad de las reformas republicanas, muchas veces enturbiado y hasta emponzoñado también por razones, digamos, guerracivilistas. La reforma educativa, por ejemplo, es la más importante sin discusión de toda la historia de la educación en nuestro país (creación de escuelas e institutos, mejora de la formación y retribución del profesorado, reestructuración de niveles educativos, gratuidad, coeducación, extensión universitaria, misiones pedagógicas y, en fin, un reconocimiento global de la educación como vehículo de cohesión social) y con demasiada frecuencia se la minusvalora reduciéndola a la cuestión de la confesionalidad y a la sustitución de escuelas religiosas. La reforma militar,
por otro lado, fue realmente valiente y supuso un esfuerzo notable por crear un ejército profesional moderno y europeo, pero suele leerse como un mero ajuste de cuentas. Las políticas de género, que fueron realmente muy avanzadas, han tendido a obviarse. La reforma laboral caballerista fue muy novedosa en el contexto europeo de entonces, pero ha quedado ensombrecida por la sobredimensión que
se da a la «fracasada» reforma agraria.

Otro de los grandes debates al que este libro hace una aportación notable es el del conflicto católico-laicista, en el que López Villaverde es especialista (con su valioso «El gorro frigio y la mitra frente a frente: construcción y diversidad territorial del conflicto político religioso en la España republicana»). Sobre todo porque sitúa la estampa de una Iglesia humillada e injustamente perseguida que
a menudo se nos oferta, en un mito en verdad heredado y luego artificialmente inflado que la recién nacida democracia republicana no supo gestionar bien, entre grandes dificultades y disensiones internas (ministros católicos, dimisiones…), enfrentada a un contrapoder notable (que no derrochó, precisamente, buena voluntad, como pudo comprobar el gobierno cedista) y actuando a veces con
escaso sentido de la realidad (como en el campo educativo o en la prohibición del culto fuera de los templos). De manera que las medidas laicizadoras adoptadas «desde arriba» en las leyes republicanas (en ocasiones valientes y muy necesarias y en otras francamente exageradas o estéticas, y a las que no ayudó a perfilar el integrismo del episcopado español) nunca llegaron del todo a buen puerto debido a la presión «desde abajo» de las comunidades católicas, al maximalismo gubernamental, a la pobre financiación o a la renuencia de muchos gobernadores civiles, de manera que la Iglesia no solo preservó casi intacto su capital digamos simbólico sino también buena parte del político.

Por último, un aspecto que hace de este libro un valioso referente en la bibliografía republicana actual es su denuncia del correlato no tan subrepticio que últimamente viene haciéndose entre Segunda República y Transición, concebida esta última como un espacio idealizado y modélico, lleno de concordia y renuncias por todas partes frente a la caótica experiencia republicana, de duración y propósitos similares, pero atravesada por disfuncionalidades, intransigencia y falta de cultura del acuerdo. Una lectura que, por cierto, es la que mejor se avendría con la tan socorrida estrategia del olvido, aireada a menudo como bandera. Y este es un debate además tanto más necesario por cuanto se alojan en él muchos de los mitos sobre el supuesto fracaso republicano que han sustentado tanta historiografía y tanta literatura reciente.

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