Retrato del que fuera presidente de la II República, Manuel Azaña. (EFE)

Por favor, que los niños lean a Manuel Azaña

Cuando estas semanas observo cómo los políticos del siglo XXI se empeñan en volver a viejos caminos ya recorridos, me pregunto si habrá alguien en el Congreso que haya leído a Manuel Azaña

Retrato del que fuera presidente de la II República, Manuel Azaña. (EFE)
Retrato del que fuera presidente de la II República, Manuel Azaña. (EFE)

Hace algunos años que debo unas disculpas a las personas que me hayan oído o leído en alguna de mis colaboraciones periodísticas analizando la política española. Debí permanecer en silencio hasta leer ‘La velada de Benicarló’, de Manuel Azaña. Pido perdón por no encontrarme antes con la obra del que fuera ministro y presidente de la República, pero también exijo explicaciones porque nunca nadie me la recomendó. Nadie en el colegio. Nadie en el instituto. Nadie en la universidad.

Cuando estas semanas observo cómo los políticos del siglo XXI se empeñan en volver a viejos caminos ya recorridos, a regar sus diferencias, a repudiar al adversario, a citarse para el enfrentamiento, a acusarse sin escuchar ni escucharse, me pregunto si habrá alguien en el Congreso de los Diputados que haya leído a Manuel Azaña.

Si lo han leído, y aun así persisten en sus modales, estamos perdidos. En la página 186 de la edición publicada en 1974 por la editorial Castalia, de ‘La velada de Benicarló’, Eliseo Morales, un escritor que refleja el pensamiento del propio Azaña, dice: “A muchos españoles no les basta con profesar y creer lo que quieran: se ofenden, se escandalizan, se sublevan si la misma libertad se otorga a quien piensa de otra manera”.

¿Merece la pena destruir todo para una España que solo cuenta con la mitad de los españoles? ¿Qué quedará de ella?, se pregunta Azaña

Manuel Azaña escribió estas palabras en Barcelona en 1937, cuando no sabía si la victoria militar sería para el Gobierno legítimo de la República o para los rebeldes, pero convivía con una inmensa amargura y sabía que una guerra entre españoles solo se podía perder.

Se preguntaba qué era España, la de unos o la de otros. Otro de los personajes, Barcala, un propagandista al servicio de la República, que bien podría representar a Largo Caballero, califica de bárbaros a los facciosos por haber bombardeado el Museo del Prado, al mismo tiempo que reconoce que él mismo quemaría los cuadros de Velázquez si con ello consiguiera salvar la República. ¿Merece la pena destruir todo para una España que solo cuenta con la mitad de los españoles? ¿Qué quedará de ella?, se pregunta Azaña.

Pocas veces citamos en España a Manuel Azaña. Somos más de Winston Churchill y de los políticos de la Transición. Estamos orgullosos del consenso logrado tras la muerte del dictador Franco, y por eso nos lo arrojamos unos contra otros. Desde hace unos años, volvemos a tener el país lleno de fachas y de comunistas. Otra vez. De buenos y malos. De la mitad de España contra la otra mitad. Cualquier debate es un drama nacional sin matices.

La gestión del covid-19 el último, no nos podemos de acuerdo ni en cómo salir de casa. Dicen que el Gobierno radical de izquierdas, sustentado por comunistas, ha perjudicado a Madrid por estar gobernado por la derecha, que a su vez se apoya en la extrema derecha.

Desde hace unos años, volvemos a tener el país lleno de fachas y de comunistas. De buenos y malos. De la mitad de España contra la otra mitad

Poco a poco vamos avanzando y se discuten todo tipo de detalles sobre la vuelta a lo que ahora llaman ‘nueva normalidad’. Cómo debe abrirse una peluquería, hasta dónde te puede llegar el agua en la playa, la distancia entre las mesas en las terrazas de los bares y que si quieres, o eres demasiado pequeño y tus padres no saben dónde dejarte, puedes volver al colegio. El resultado es que los bares están llenos y los colegios vacíos. Hubiese sido interesante que el mayor número de recursos se hubiese destinado a que los niños puedan volver cuanto antes al colegio, pero es más importante la liga de futbol que la educación de nuestros niños. ¿Pará que estudiar nuestra historia pudiendo ver un Betis-Sevilla? Esperemos que puedan volver en septiembre y que, por favor, alguien les recomiende la lectura de ‘La velada de Benicarló’, de Manuel Azaña.

Artículo del periodista y analista político, Antonio Arráez en El Confidencial

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