Machado y Azaña, vidas paralelas.

Artículo de opinión de Isabelo Herreros (Presidente de la AMA) para la revista POLÍTICA.

A partir del errático viaje del presidente de Gobierno, a visitar las tumbas de Antonio Machado y Manuel Azaña, se ha escrito mucho y poco bueno, acerca del poeta y el político, fallecidos en el exilio francés, en 1939 y 1940 respectivamente. El calificativo que he utilizado para calificar la excursión de Pedro Sánchez y un cortejo de altos cargos, artistas y escritores es moderado si tenemos en cuenta el oportunismo político, la puesta en escena, y los desafortunados discursos pronunciados.

Antonio Machado

Pero tiempo habrá para polemizar, y ocasión para poner en solfa el tinglado de la farsa, y la frivolidad con la que se han profanado los laicos lugares en los que reposan don Antonio y don Manuel. Se ha instrumentalizado, una vez más, a dos personajes extraordinarios, cada uno en su ámbito, al socaire de una campaña electoral, y se han violentado lugares de reflexión republicana, con el ruido de una farándula poco respetuosa del lugar que pisaba, imponiendo placas y ostentosas banderas monárquicas, desde el poder que da ejercer la jefatura de un gobierno. 

Pero de lo que queremos hablar aquí es de la relación amistosa, poco conocida, entre el presidente de la República y el poeta del pueblo. Desconocemos desde cuando se conocían el escritor alcalaíno y el profesor sevillano, por lo que lo más prudente será atenernos a lo que está documentado de esa relación. Sí se puede decir que en 1913 ya tenían contacto, por coincidir los dos en la Liga de Educación Política Española, grupo de intelectuales fundado por Ortega y Gasset y al que también se suman Manuel García Morente, Agustín Viñuales y Fernando de los Ríos entre otros. Por entonces don Antonio se encontraba destinado en Baeza. A comienzos de aquel año Manuel Azaña había sido elegido secretario del Ateneo de Madrid, cargo en el que permanecerá hasta 1920; también se había incorporado al Partido Reformista de Melquiades Álvarez, al igual que Ortega y algunos destacados institucionistas. Machado simpatiza con este movimiento político, pero al igual que Azaña se sentirá defraudado ante la posición pusilánime de jefe del partido ante la dictadura de Primo de Rivera. Se incorporará don Antonio desde el primer momento, al grupo de Acción Republicana, fundado por José Giral, Enrique Martí Jara y el propio Azaña, y llegará a presidir el comité provincial del partido en Segovia, en cuyo Instituto impartía clases de francés, precisamente durante los últimos años de la monarquía y los primeros de la República. No hemos encontrado rastro alguno de Machado en la “docta casa”, algo normal, si tenemos en cuenta que no será hasta 1932 cuando consiga por fin poder vivir en Madrid. Segovia fue su último destino como profesor de francés fuera de Madrid, antes de ser nombrado por el gobierno miembro del Patronato de las Misiones Pedagógicas, que presidía Manuel Bartolomé Cossío, y de conseguir el traslado a un instituto de la capital.  

De que había admiración mutua no cabe ninguna duda, como veremos a continuación.

Toda la participación política y social del poeta siempre estuvo condicionada por su identificación con el dirigente republicano. Es por lo mismo que, cuando se fundó Izquierda Republicana, en abril de 1934, don Antonio se incorporó al partido fundado por su amigo, tal y como acreditan los testimonios dejados por sus familiares.

Ni siquiera durante los años de la guerra civil, cuando muchos poetas y escritores, en la España republicana, se dejaban querer por el pujante Partido Comunista, se desvió don Antonio de su ejecutoria anterior y de su lealtad a lo que representaba el presidente de la República. Así lo manifestó en una alocución en mayo de 1937 a los jóvenes comunistas: “Desde el punto de vista teórico, yo no soy marxista, no lo he sido nunca, es muy posible que no lo sea jamás”. No obstante, esta puntualización doctrinal, en infinidad de ocasiones pidió disciplina y la lealtad de todos los que luchaban en defensa de la República del pueblo con el gobierno constitucional, lo encabezase Giral, Largo Caballero o Negrín.

Manuel Azaña

Dada la modestia del poeta serán contadas las ocasiones en las que pedirá audiencia con el presidente de la República durante la guerra. Tampoco lo había hecho en los tiempos en que Manuel Azaña era jefe del gobierno, cuando muchos acudían a pedir cargos y nombramientos. Don Antonio ni pidió ni aceptó cargos ni prebendas del régimen del 14 de abril, por el que tanto había laborado. Se siguieron viendo, el poeta y el escritor, en los ambientes literarios, en estrenos teatrales y en algún que otro acto político. Azaña siempre se alegraba de ver al viejo amigo, y elogiaba sus opiniones, tal y como aparece en Los cuadernos de la Pobleta, en una anotación de 22 de junio de 1937, tras mantener una curiosa conversación con escritores acerca de la influencia de la guerra en las artes:

“Vanas disputas acerca de “la independencia del arte” y del “arte al servicio del pueblo”. Opinión sensata de Antonio Machado: Se escribe para el pueblo cuando se escribe como Cervantes, Shakespeare o Tolstoi”.

Manuel Azaña, con sobrado criterio literario, siempre había considerado a Machado un gran poeta, aparte del afecto personal. Con el autor de Campos de Castilla había contado Azaña en los tiempos de la revista La Pluma, dándose además identidad de criterio de los dos, en lo tocante a la revolución que supuso el teatro de Valle Inclán, en tiempos en que infinidad de críticos no entendían al genial autor de Luces de Bohemia.

Del alto concepto que tenía Azaña de la poesía de Machado ha quedado constancia, en una entrevista realizada al entonces presidente de Gobierno, en marzo de 1933, por una periodista alemana, precisamente cuando el entrevistado fue preguntado por los escritores españoles representativos de la literatura moderna: “Como poetas Juan Ramón Jiménez, Machado, Pedro Salinas, Alberti, Lorca y otros”.

Prueba también, de la absoluta compenetración del poeta con el presidente de la República, es el prólogo a los cuatro discursos pronunciados por Manuel Azaña durante la guerra, agrupados en forma de libro, pero que no vería la luz en España por la precipitación de los acontecimientos y la caída de Barcelona en enero de 1939. Pero la compenetración era mutua, pues pudo el presidente haber encomendado esta labor a otro escritor del círculo más íntimo, tal y como eran Esteban Salazar Chapela, Enrique Díez Canedo o Juan José Domenchina. Extraemos de aquellas líneas lo más destacado:

“Una buena enseñanza, entre otras, hemos de sacar de nuestra República, en estos años terribles: España, la tierra de las negligencias lamentables, ha sido también el pueblo de los aciertos insuperables: supo elegir su presidente. Y como la grandeza de los hombres de Estado no puede medirse por la extensión de los territorios en que ejercen su elevada función, el nombre de Azaña quedará en la historia con una significación universal y como una enseñanza inolvidable.”… “Porque el presidente de nuestra República, la cien veces legítima república de toda España, ha hablado para la historia, que tanto es el alcance de su voz; pero, por ello mismo, habla en primer término para nosotros, los españoles en guerra”

Con escasos días de diferencia, los viejos amigos traspasarán la frontera con Francia en aquel duro invierno de 1939, el uno profesor de francés y el otro traductor muy relevante de la lengua de Moliere. Los dos sufrirán en carne propia las consecuencias del envilecimiento de aquel gobierno pusilánime que había dado la espalda a la hermana República española. El poeta morirá pronto, cuando aún se combatía en los frentes de guerra del centro de España. Su escuálido cuerpo fue envuelto en la bandera tricolor, la que simbolizaba aquellas ilusiones del 14 de abril, de que hablaba el heterónimo Juan de Mairena; y con los honores que le pudo rendir un grupo de soldados republicanos españoles internados en un vecino campo de concentración. De la consternación que sufrió Azaña al conocer la muerte del poeta nos da cuenta Cipriano Rivas Cherif en la esplendida biografía Retrato de un desconocido:

Otro suceso harto más triste colmó el duelo español de aquellos días infelicísimos. El poeta Antonio Machado, nuestro dilecto amigo, que hasta última hora había permanecido en Barcelona desoyendo los consejos prudentes que le animaban a pasar a tiempo el Pirineo, murió en el modestísimo hotel que pudieron depararle en su rápida enfermedad, a poco de trasponer la frontera francesa. Con otros compañeros de letras y profesores en caravana dolorosa, con el enemigo a la zaga por las carreteras de Cataluña, tuvo que hacer un alto obligado en el camino y sufrir unas horas de inclemencia del tiempo, adverso también, sentado en una cuneta. Lo que le produjo, sin duda, la bronconeumonía y la muerte que nos lo llevó. Su última obra fue un prólogo encendido a un volumen del Presidente, que no llegó a ver la luz y cuyos tipos de impresión cargamos en nuestro equipaje.

Unos meses más tarde, ya concluida la guerra, Manuel Azaña, instalado provisionalmente en el pueblecito de La Prasle , en la Alta Saboya, escribe a su amigo Ángel Ossorio y Gallardo, último embajador de la República en Argentina, país que acogió el exilio del ilustre abogado. Es un documento excepcional, por la crudeza con la que están narrados los últimos días de la guerra, y la desventura de los exiliados en una tierra hostil. Con emoción narra al amigo su último acto oficial en territorio republicano: un desfile del batallón presidencial en La Vajol, un día 4 de febrero, la víspera de cruzar la frontera para no volver nunca más:

Revisté el batallón a la llegada. Hablé con oficiales y soldados. Pese a todo, conservaban un espíritu magnífico. ¡Lastima de gente! Al marcharme el batallón formó de nuevo. Tambores y trompetas batieron. Desde la cabeza de la formación, descubierto, grité: “Soldados, ¡viva la República!”. Respondieron con frenesí. De entre las filas, un soldado clamó: “Viva don Manuel Azaña…” La misma respuesta. Del grupo de los políticos catalanistas, un poco apartado, partió una voz: “¡Visca Catalunya!”. No contestó nadie. La escena, en su sencillez, era desgarradora. Todos (y yo mismo, un poco por sorpresa), nos dimos cuenta de lo que significaba. Me alejé despacio, solo, delante del acompañamiento que me seguía en silencio. La verdad es que yo no podía más. Dos días antes había recogido la bandera del batallón, que ahora, desplegada en una de las paredes de mi cuartito de trabajo, es tema de contemplación ascético política, porque me servirá de mortaja.

No pudo servir de mortaja la bandera tricolor a Manuel Azaña, por la prohibición expresa de las autoridades colaboracionistas del gobierno de Vichy, cuando el escritor expiró al siguiente año, en su exilio de Montauban. Lo fue con la de México, bajo cuya protección pasó sus últimos días de vida. Murió como su amigo Machado, en un modesto hotel de un pueblo francés, amparado por la solidaridad de sus amigos, ya que ni siquiera le alcanzaba su fortuna para pagarse de su bolsillo un alojamiento.

Estas referencias, y citas de las circunstancias del exilio de Antonio Machado y Manuel Azaña, deberían haber sido tenidas en cuenta a la hora de organizar las frívolas excursiones del presidente del Gobierno de su majestad a los lugares en los que descansan dos de las figuras más relevantes de la historia del siglo XX español. Es por ello que  consideramos una falta de respeto, y una profanación de laicos lugares, acudir en francachela, con los aditamentos de las banderas de las que tuvieron que huir tanto el gran poeta como el extraordinario estadista. 

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